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Milagro en Navidad en Capioví

Enrique Antonio Perez

Quizás esta columna merecía ser publicada en vísperas de la conmemoración del nacimiento del niño Jesús, pero me pareció un verdadero desperdicio no inducir a algún lector -que elija visitarnos en diciembre- a conocer el municipio mejor preparado para las fiestas navideñas.

En cualquier época del año Capiovi es una maravilla. Un pueblo trasladado de algún cantón suizo a la exuberante selva misionera, como si estuviera colgado de un cerro mágico, que a fin de año se viste de esplendor con infinidad de ornamentaciones realizadas con un gusto exquisito, utilizando materiales reciclables. Imposible de perder y de olvidar la experiencia.

Para que el día sea completo sugiero pasar la jornada en el Salto Capiovi, que se encuentra a unos 500 metros del centro de la ciudad, siendo por lejos el de más fácil acceso para el disfrute de todas las edades.

Sus instalaciones son perfectas para pasar un día soñado, conocer la historia del lugar, su añejo molino de agua, que se mantiene erguido desafiando al tiempo. En sus años de gloria supo dar energía eléctrica a la naciente localidad, pudiendo -en la actualidad- visitar sus antiguas instalaciones que daban vida a toda la zona a comienzos del siglo pasado.

En la navidad del 2020 decidí mitigar el intenso calor misionero pasando la tarde en aquel maravilloso salto. La cantidad de gente, en su mayoría local, atiborraba el lugar mientras los niños y adultos mayores disfrutaban de eternos baños de inmersión, los jóvenes y adolescentes practicaban saltos desde la altura máxima de la cascada hacia el centro de la pileta natural.

De repente un turista decidió lanzarse imitando a los acostumbrados habitantes del lugar, pero el sitio que escogió para hacerlo lo conducía a estrellarse con piedras y rocas sumergidas. Las consecuencias -seguramente- habrían sido trágicas.

Al emprender la carrera para tirarse los gritos de las personas conocedoras del lugar se alzaron tratando de detenerlo. El ruido del agua impedía, al intrépido muchacho, oír las advertencias, y cuando todo parecía perdido, ocurrió el milagro.

Desafiando todas las leyes de la física, el joven se detuvo al borde del abismo como si una pared invisible lo frenara en el acto y al ver las incontables manos agitándose, suplicándole que no se lanzara, retrocedió sobre sus pasos, desapareciendo, seguramente averganzado, entre la muchedumbre.

Si venís a visitarnos, toma siempre en cuenta que nuestros arroyos merecen respeto y nunca miedo. Es indispensable que sepas nadar para introducirte en ellos pues suelen encontrarse bajo su lecho,  pozos con decenas de metros de profundidad.

Si decidieran lanzarse al agua, constaten que no se encuentre alguna gran roca sumergida que pueda provocarle serias lesiones al chocar contra ellas. De no tomar estas importantes precauciones, no tendrán la suerte del bañista intrépido, protagonista de aquel MILAGRO NAVIDEÑO EN CAPIOVI.

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