Por Nadia Gibaja

Gelatinas de colores vibrantes, yogures industriales, papillas enlatadas, cereales infantiles, puré mágico en polvo, panes suaves y esponjosos que no quedan duros por el transcurso del tiempo, edulcorantes artificiales que dicen ser naturales (nótese el contrasentido), mermeladas 0% (saludables debería agregar), jugos frutales que nunca pasaron cerca de una fruta, gaseosas, chocolatadas, son solo algunos de los productos ultraprocesados de una interminable lista que podemos mencionar.

Se nos presentan en paquetes brillantes, coloridos, con nombres rimbombantes, que prometen más calcio, más vitaminas, menos calorías y no se sabe qué otras maravillas, mientras esconden altísimos niveles de sodio, azúcar, grasas de mala calidad, saborizantes, colorantes, estabilizantes, conservantes, y un largo catálogo de químicos que aparecen en siglas inasequibles al entendimiento del/la ciudadanx común.

Los productos ultraprocesados no son alimentos reales, sino el resultado de fórmulas de laboratorio industrializadas que requieren para su procesamiento técnicas y elementos que no tienen equivalentes domésticos, como la hidrogenación y la hidrosalinización, extrusión y  moldeo, y el preprocesamiento para freír. Podemos reconocerlos sencillamente leyendo el detalle de ingredientes que aparece generalmente al dorso y en letras chiquitas, donde comprobaremos que de alimentos reales y naturales tienen poco o nada.

Poseen cualidades sensoriales que los hacen irresistibles, y en algunos casos incluso literalmente crean adicción. Harina, azúcar y sal, mezclados con aromatizantes y saborizantes, provocan que muchos de ellos tengan fieles seguidores que no los cambiarían por nada.

Los UP son hijos de una industria voraz que pretende más ganancias a cualquier precio, incluso a costa de la salud pública, y son altamente nocivos para nuestro bienestar físico a corto, mediano y largo plazo.

El marketing ha hecho de ellos cultura. Pensemos en la famosa gaseosa color negro, en la chocolatada del conejito, en los capeletis multisabor, en las galletitas hexagonales de “queso”. Evocan infancia, nostalgia, nos traen al presente aquello que marcó nuestro pasado, vienen con olor a recreo del colegio, a cumpleaños con los primos, a meriendas de ver supercampeones y el inspector Gadget.

Por décadas los publicistas de estos productos se han dedicado a convencernos de que LO MEJOR para nuestra salud viene en paquete y es de marca “TAL”. La industria ha usado a su favor la falta de tiempos que el sistema capitalista ha dejado a la dinámica doméstica, ofreciendo productos que son de consumo inmediato o que requieren de muy poca elaboración de nuestra parte. Basta abrir el paquete, meterlos al microondas un ratito o hervirlos por algunos minutos y ¡voilá! La mesa está servida.

El resultado de esta combinación explosiva entre lo instantáneo y lo sabroso no es otro que una enorme cantidad de gente enferma de patologías relacionadas con la alimentación por el alto consumo de estos productos. Los índices de hipertensión, obesidad, algunos tipos de cáncer, enfermedades dentales, e incluso neurológicas, han crecido sostenidamente en las últimas décadas debido a ello.

Los productos ultraprocesados son un círculo vicioso porque además de todo lo reseñado anteriormente van en detrimento de la palatabilidad debido la hiperestimulación sensorial que provocan, la distorsionan, y la lógica consecuencia es que entre un pedazo de mamón y un chizito un niño – o un adulto – prefiera lo segundo. Perdemos la capacidad de encontrar el sabor y disfrutar los aromas de la comida real.

Este perverso sistema de complejos engranajes se sostiene gracias al silencio cómplice y la ausencia de políticas públicas por parte de los gobiernos lo largo de todo el orbe y por mucho tiempo. Es responsabilidad del Estado concientizar, sensibilizar e intervenir con la contundencia y claridad necesarias para salvaguardar a la población del consumo de productos que dañan la salud.

Afortunadamente, gracias al accionar de periodistas, médicos, científicos, sociedades de consumidores, nutricionistas del bien y otros agentes sociales, que se han propuesto combatir este gigante que amenaza presente y futuro de la salud colectiva, recientemente, en Cámara de Senadores, ha obtenido media sanción el proyecto de Ley de etiquetado frontal.

La ley de etiquetado frontal prevé que todos los alimentos que sean altos en azúcares, sodio, grasas o calorías incorporen en su packaging una etiqueta negra octogonal que diga “exceso en” a fin de advertir a los consumidores sobre qué es lo que están llevando a la mesa. De este modo se busca evitar que nos vendan de forma engañosa productos alimenticios que nos traerán consecuencias negativas a la salud en el corto y largo plazo.

El proyecto prevé también regular la publicidad de este tipo de productos, y que se promueva y contemple la educación nutricional desde las instituciones educativas como parte de la curricula.

Los preceptos que propone la Ley de etiquetado frontal cuentan con amplia evidencia científica que los avala, y la experiencia positiva de su implementación en varios países, Chile entre ellos.

Está en nuestras manos tomar las riendas de nuestra salud y la de nuestrxs hijxs siendo críticxs a la hora de ir al supermercado y elegir los alimentos. Pero para ello debemos exigir que los fabricantes de productos alimenticios den información clara y de fácil acceso sobré qué contiene lo que nos venden.

El Proyecto está a la espera de su aprobación en Cámara de Diputados, pero más allá de cualquier resultado, y sin perjuicio de que creo necesaria y apremiante su aprobación, me resulta alentador y esperanzador el hecho que esta temática si haya puesto en agenda pública.

¡A POR ELLO!