La palabra “sororidad” es un neologismo que refiere a la hermandad entre mujeres en un contexto de discriminación y violencia hacia las mismas.

El término alude a la unión entre mujeres, tan necesaria para luchar por la igualdad de derechos y oportunidades, en el marco de un sistema que históricamente ha sostenido una relación asimétrica de poder entre los varones y nosotras.

En dicho contexto, la sororidad es clave. Dejar atrás el estereotipo de competitividad femenina, el famoso “nada peor que una mujer para otra mujer”, que tanto tiempo nos machacaron – para que lo creamos – se hace ineludible. Aunar fuerzas se hace ineludible.

Pero más allá de estar unidas en la lucha, en la vocación de mejorar las sociedades por el bien de todas (y todos también) somos humanas.

Estar juntas en la lucha colectiva no quiere decir que tengamos que consentir, bancar o sostener situaciones o vínculos que no nos suman o que no nos hacen bien, y me refiero también a vínculos o situaciones que involucran a otras mujeres.

No existe tal cosa como un “carnet de feminista-sorora” que te vayan a sacar por haber tenido diferencias con otras, cosa que además es sano y esperable, porque todes tenemos límites que son necesarios marcar desde el amor propio, desde la autopreservación.

Parte del sistema que nos oprime consiste en hacernos creer que la “buena mujer” es obediente, conciliadora, agradable, dulce, comprensiva, suave, sensible, incondicional ¡NO ES POR AHÍ! Todos esos estereotipos solo refuerzan las cadenas que nos atan y nos mantienen dóciles, sumisas, sacrificadas y – atención con esto – DEPENDIENTES de nuestros vínculos, hablo de una dependencia insana, que limita, que condiciona.

Y no digo que debamos ser lo contrario tampoco, es decir, que tengamos que forzar posturas por “hacernos” las rebeldes o algo así, refiero a que no tenemos que sacrificarnos a nosotras mismas, nuestras convicciones, espacios, méritos para caerle bien a nadie, ni para que otres sean felices ¡merecemos serlo también!

La sororidad, en cuanto a cómo nos relacionamos entre nosotras, apunta a despojarnos de prejuicios, juicios, y acusaciones hacia otras mujeres de corte netamente patriarcal. “Aquella la robamaridos”, “aquella la arpía”, “aquella la que se viste mal”, “aquella la que anda desarreglada siempre” … Todas sentencias aleccionadoras, estigmatizantes y misóginas, que no encuentran correlato si quisiéramos dirigirlas hacia un varón, o su sentido no sería el mismo.

Pero DE NINGUNA MANERA la sororidad tiene que ver con no confrontar con otras mujeres, en absoluto. Si hablamos de feminismo hablamos de ponernos en lugares incómodos, hablamos de deconstruir, y si hay un rol de género que urge deconstruir – debido a sus múltiples implicancias – es el rol de cuidadoras. Debemos dejar de sentir culpa si por autopreservarnos, por marcar límites, por elegir, alguien se enoja, o se aleja o alguna otra reacción adversa.

Como personas debemos actuar con responsabilidad emocional hacia les demás, sí, pero eso no quita que conservemos indeclinablemente la prerrogativa de elegir nuestros entornos, amistades, parejas, formas de pensar, o el derecho a opinar.

Siempre que estemos hablando de otres adultes, cada une debe poder manejar sus emociones y estados de ánimo y hacerse cargo de la parte que le toca en un conflicto vincular, no somos nosotras la que debemos velar porque nadie salga ofendide, dolide, enojade, no tenemos que cuidar y sostener a todes siempre.

En resumidas cuentas queridas, apoyemos a otras mujeres, impulsemos y celebremos su crecimiento. Si ya llegamos abramos puertas a otras, sumémonos a las luchas colectivas, participemos en debates que tengan que ver con cuestiones de género, empoderémonos de información, forjemos opiniones propias al respecto, pero siempre teniendo presente que más allá de abrazar lo colectivo, somos individuas, humanas, diversas, y nadie cae bien a todo el mundo, y no estamos aquí para agradar, sino para crecer y para ser quien tengamos ganas, permitámonos las diferencias, el soltar vínculos que no aportan, porque aprender a ser autodeterminadas y a plantarnos, sin andar rindiendo cuentas a todo el mundo, también es parte de ser feminista.