En la adolescencia, etapa donde los sueños y fantasías brotan como el agua, imaginaba mi futuro, un futuro lleno de aventuras, desafíos y romances. Me visualizaba siendo periodista, en realidad quería ser corresponsal de guerra, estar donde estaba el peligro, donde la lente de una cámara y mi voz develaran hechos y situaciones ocultos que permitiera cambiar la realidad, donde la astucia e inteligencia al igual que la prudencia fueran las armas para sobrevivir, donde la empatía tuviese la dosis justa como para no esfumarme en el otro pero que duela lo suficiente como para no dar lugar a la indiferencia. Me imaginaba corriendo entre escombros, con los estruendos de bombas y balaceras de fondo, buscando. Siempre buscando.

Rostros, buscaba rostros, no noticias. Siempre quise contar la historia, el universo que cada rostro tiene detrás. Las miradas y los gestos de cada persona son únicos, al igual que sus vivencias.

Tampoco podía faltar la fantasía romántica, me imaginaba siendo una heroína, fuerte y aguerrida, capaz de enfrentar tornados y atravesar fuegos para rescatar al indefenso, pero la que, en algún momento de la historia, era salvada por el príncipe, héroe, caballero o guerrero y era amada hasta el fin de sus días, rodeada de tiernos besos, caricias, ternura, placer y amor.

Bueno, nada de eso ocurrió, por lo menos no de esa manera. 

No soy corresponsal de guerra, pero soy una mujer que, al igual que todas, tuvo que aprender a sobrevivir en el mundo, donde hasta ahora, se maneja con mandatos patriarcales, machistas y con altísimas dosis de cruel misoginia, donde nuestra voz es la única voz que nos protege; tampoco caminé entre ruinas ni escombros, pero me tuve que reconstruir infinidad de veces, morir y renacer, llorar, sufrir pero también reír, gozar y amar. Aprendí que nadie me va a salvar ni rescatar, soy mi única red. De mí depende mi bienestar, en todos los sentidos, sobre todo en lo emocional. Lejos está de ser soberbia, es haber comenzado a transitar el camino del amor y reconocimiento de mí misma, identificar mis fortalezas, aptitudes y valores como también aceptar mis defectos, carencias y errores y sobre todo, perdonarme por ellos.

Nunca estuve en una balacera ni bombardeo pero, al igual que casi todas nosotras, estuve en peligro desde niña, muchas veces los que nos deben proteger son los que más lastiman, pero la imaginación, mi maravillosa imaginación, me transportaba a mundos ideales y fantásticos. Fue mi muro de contención y porque no, de protección. 

Pero aún continúo buscando historias detrás de los rostros. Siguen siendo un objetivo a cumplir, de hecho estoy convencida que cuanto más rostros se conviertan en historias, que las podamos contar y visibilizar, el mundo será más amable. El conocer nos conecta con la empatía, que en su dosis justa, nos hermana siempre en algún punto provocando cambios colectivos inimaginables. 

Silvia Risko

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