Por Silvia Risko

Se podría decir que “lo disruptivo” se ha impuesto como premisa indispensable en toda propuesta política electoral, sobre todo en los últimos años. Hemos incorporado el término, repitiéndolo hasta el hastío, como si eso fuera garantía de progresismo, modernidad y audacia del cual seremos legítimxs beneficiarixs. 

Propuestas rimbombantes de cambio, con grandes dosis de arrogancia de cómo lograr el éxito sin mucho trabajo, condimentado con una alta cuota de desdén hacia lo establecido y la experiencia acumulada, han sido, en algunos casos, fórmulas presentadas como invencibles a lxs ciudadanxs de la gran mayoría de los países con sistemas democráticos y hasta se ha llegado a tunear golpes de Estado, como el de Bolivia, presentándolos como actos revolucionarios legítimos establecedores del orden perdido. Patrañas.

Ahora bien, si nos regimos por la Real Academia Española, que nos indica que disrupción es “rotura o interrupción brusca” podríamos llegar a pensar que Mauricio Macri en Argentina y Donald Trump en EEUU fueron una verdadera hazaña disruptiva del marketing político. ¿Alguien, siendo totalmente honestx, pensó alguna vez que cumplían con las condiciones como para gobernar un país de forma equilibrada, comprometida, justa y responsable?

Si la disrupción la medimos en resultados que indiquen crecimiento colectivo, estabilidad económica y social, oportunidad de nuevos mercados, ingreso de capitales, nuevas fuentes de trabajo, paz social, conquista de nuevos derechos y fortalecimiento de las instituciones, podemos afirmar que fueron un fiasco total.  

Hizo falta un Trump para que el pueblo norteamericano, o por lo menos un alto porcentaje de él, tomara conciencia de la importancia de concurrir a votar, no por obligación sino por compromiso cívico y ciudadano; si no se involucraba y participaba, podía perder todo aquello que cree hace grande a su nación. 

Nada hace más alerta a una sociedad que no confiar, por impredecible, en quien la lidera. En política, como en la vida, la confianza es uno de los principales puntales para la construcción, pero la desconfianza no es del todo desechable, en muchos casos actúa, parafraseando a Bertrand de Jouvenel, como un “poder de prevención”. Prevención contra el abuso de poder.

Intelectuales, académicos y artistas se convirtieron en verdaderos militantes a través de sus redes sociales. Las estructuras partidarias, un poco aburguesadas, tuvieron que salir a pedir el voto casa por casa, no hubo margen para divismos o egos no resueltos. No hay dudas que fue la mayor convocatoria a concurrir a las urnas, y el éxito fue rotundo. Las elecciones del 2020 en EEUU dejan una vara muy alta de igualar en porcentaje de votantes, pero también marca que la “grieta” es un virus, que al igual que el Covid-19, está en todos lados y nadie está a salvo. 

La propuesta del presidente electo Biden, es muy semejante a la de Alberto Fernandez en el 2019, básica y simple, en apariencias, pero sumamente compleja a la hora de ponerlas en práctica: la unión de lxs ciudadanxs en un único objetivo, la recuperación de la grandeza del país por sobre los intereses individuales.  Esa sí que es una propuesta disruptiva, no?

Silvia Risko