Por Nadia Gibaja

Hay un cuento que se transmite a modo de chiste que reza lo siguiente:

  • “Mamá ¿dónde están mis medias?” – “En el primer cajón de tu armario”; – “Mamá ¿dónde están los cereales?” – “En la segunda puerta de la alacena”; “Mamá ¿dónde hay una birome?” – “En mi mesa de luz hay una”
  • “Papá, ¿dónde hay hielo?” – “Pregúntale a mamá”.

Generalmente, dentro de una organización, empresarial o institucional, el rol del que planifica, organiza y esquematiza las labores se diferencia del rol de quienes ejecutan las tareas o supone una mayor remuneración acorde al grado de responsabilidad. Esto sucede porque, como resulta obvio, planificar, organizar y esquematizar representa un trabajo en sí mismo.

Pero no sucede lo mismo en cuanto a los quehaceres del hogar refiere.

Hoy en día en muchos hogares de parejas heterosexuales ya se ha internalizado la idea de que las tareas hogareñas deben ser compartidas por ambos miembros de la pareja, sobre todo si ambos trabajan – también – fuera del hogar.

Incluso nuestra legislación ha incorporado a partir de 2015, en el Código Civil y Comercial de la Nación, que las tareas hogareñas tienen valor económico, y así lo refleja por ejemplo Artículo 443 cuando incluye dentro de las pautas para la fijación de alimentos las tareas dentro del hogar, o también el Artículo 660 cuando atribuye valor económico al cuidado de los hijos.

No obstante ello, cierto aspecto inherente al trabajo dentro del hogar permanece invisible. Es lo que se define como “carga mental”, término acuñado a principio de los ‘90 dentro del ambiente empresarial para referirse al trabajo extra que supone asumir la responsabilidad de idear y organizar.

Luego la socióloga Susan Walzer lo utilizó en 1996 en su libro “Thinking about the baby” para referirse a la labor mental invisible que realizan las mujeres al cuidado de los bebés.

Desde una perspectiva de género, llamamos “carga mental” al inmenso trabajo extra que supone tener presente todo lo que es necesario para el buen funcionamiento hogareño, anticiparse, supervisar, comprobar los enseres que faltan en la alacena, los alimentos que se deben reponer en la heladera, pensar los menús a diario (que es un trabajo separado del de cocinar), las citas médicas a cumplir, dónde se guarda o almacena cada cosa, lo que se debe llevar cuando la familia sale del hogar para un evento social o familiar, etc.

El comic de la francesa «Emma Clit», titulado «me lo podrías haber pedido», expone en forma ingeniosa y contundente este concepto.

¿A qué se atribuye este hecho? Pues -una vez más- al rol en el que históricamente la sociedad patriarcal ha ubicado a la mujer, siempre ligada a las tareas dentro del hogar. Así, el concepto “ama de casa”, “housewife”, “femme au foyer”,  “casalinga”, “dona de casa” aparece esbozado en femenino como regla.

Quien asume la “carga mental”, aunque las demás tareas sean repartidas equitativamente, termina haciendo la mayor parte del  trabajo dentro del hogar, y en general esa es la mujer.

El peso invisible de la carga mental, esta «responsabilidad extra» soportada por las mujeres, produce en ellas mayores niveles de ansiedad y estrés, y como correlato menos tiempo para sí mismas, con las secuelas físicas y psicológicas que de ello devienen.

Hacer visible esta problemática resulta necesario si aspiramos como sociedad a conseguir algún día la igualdad fáctica entre varones y mujeres. Hacer visible esta problemática permite deshacer las reglas tácitamente impuestas respecto del funcionamiento del hogar y establecer nuevos acuerdos que nos permitan a las mujeres compartir este peso.

Al fin y al cabo, cualquier carga que se comparte se hace más liviana.