Somos humanas y humanos, nos vinculamos, nos relacionamos, amamos. Y a su vez el amor, que no escapa a ser una construcción social, está rodeado de mitos y relatos que lo moldean dentro nuestro, y que, por el derrotero de la historia, hemos idealizado… “romantizado” como se dice.

Entonces, cuando me pregunto “¿Para qué amamos?” no intento poner al amor en términos de utilidad, sino apunto a darle sentido a algo que inevitablemente me pasa, y creo que nos pasa – al menos – a la gran mayoría.

La primer respuesta que espontánea e intuitivamente se me viene a la mente ante esta pregunta es: “para ser feliz”. Amar me hace feliz.

¿Cómo te sentís después de reírte a carcajadas con amigues, después de un buen chape con tu “amor” del momento, o de un abrazo largo y tendido con ese o esa familiar que tanto adoras?

En efecto, hace tiempo la neurociencia está dando evidencia sobre la íntima relación que existe entre nuestra salud, física y mental, y los vínculos que mantengamos con otras personas. A más y mejores vínculos mayor bienestar, así sería la ecuación llevada al llano.

El amor dispara dentro nuestro mecanismos que activan una amalgama de químicos que nos hacen experimentar placer. Pero esto no es algo que racionalicemos, simplemente lo vivenciamos.

Podríamos entonces decir que relacionarnos con otras personas (consciente o inconscientemente) responde a una necesidad básica, y establecer vínculos profundos con dichas personas además redunda en grandes beneficios para nuestra salud mental, física y social.

El amor idealizado que se nos ha enseñado es un amor que viene acompañado de resignación, de incondicional entrega, de poner las necesidades de les otres por encima de las propias en todo momento… Cuando me pregunto “¿Para qué amo?” y me respondo “para ser feliz” entro en jaque con esta idea. Y para esto sirve hacernos preguntas.

Cualquier persona que ha amado sabe que hacer cosas por la persona amada (sea
familiar, amigue, pareja) nace de un acto genuino y desinteresado, y lo hacemos con mucha satisfacción y etcétera. No me refiero a eso.

Lo que creo es que cuando integramos la idea de amor debemos equilibrar esta cuestión dadivosa con un sano egoísmo.

El verdadero amor HACE BIEN, ES NECESARIO y NACE DE ADENTRO HACIA AFUERA. El buen amor empieza por une misme y luego, ese amor nos mueve a amar a les demás desde un lugar sano y hermoso.

El egoísmo, tan demonizado, culpabilizado y defenestrado es parte de un equilibrio que no debemos romper entre lo que damos y aquello que debemos conservar para nosotres, por nuestra salud y bienestar.

Sin reciprocidad, respeto y confianza no existe amor posible, o al menos así funciona para mí.

¿Y vos que opinas de esto? Dejanos en comentarios tu propia reflexión.