Por Silvia Risko

Que el amor vence al odio, puede llegar a ser una verdad, pero -en la mayoría de los casos- es tan solo una expresión un tanto idílica, cargada de buenas intenciones, deseos y romanticismo. La realidad indica que para que eso suceda, para que el amor sea más fuerte y venza, hay que dedicarle tiempo, trabajo, compromiso, recursos y esfuerzo; en cambio, para odiar sólo hace falta montarse en la comodidad de la ignorancia o la mediocridad. Ahí está el problema.

En nuestro país desde hace décadas se viene instalando el germen del odio como forma para defender o imponer ideas, sobre todo las políticas. A través de represiones, dictaduras, persecuciones, discursos, acciones, decisiones y mandatos se fomentó -y fomenta-, la división social como método para garantizar un (relativo) éxito, que lo podemos medir a veces en políticos, otras en sociales pero siempre son económicos (atrás de todo siempre está la platita) y el Poder. Si, hay personas, religiones, empresas, grupos económicos, de medios y partidos políticos que viven y se mantienen gracias al odio.

Que el odio es barato no hay dudas, y que cotiza muy bien en bolsa, tampoco. Lxs odiadores, la mano de obra, no son caros, no hace falta gastar en su educación y mucho menos en su formación como ciudadanxs, nada de eso, sólo hace falta darle algunas herramientas básicas, leer, escribir (sino cómo esparcirían su veneno por redes), inflar su ego con muchos “likes”, hacerles creer que ser “anti” es cool, darle -en algunos casos- acceso a algún lugar que tenga “olor” a poder y hacerlos/las sentir que son únicos/cas e irremplazables. Que “la verdad” se encuentra en su ser y el odio es su éxtasis.

Vemos actuar al odio cuando desde una religión se presiona, hostiga y persigue a una persona por su elección sexual o por su género, llevándolo al límite y empujándolo al suicidio. Sólo la ignorancia extrema potenciada con la manipulación religiosa pueden provocar tanto odio, tanto dolor.

También está presente cuando desde algún lugar del Estado se utiliza al odio para castigar posturas, como fue el caso de la subsecretaria de Culto de la Provincia de Misiones, cuando desde los medios de comunicación oficiales del organismo instó a la agresión y violencia contra una legisladora nacional por haber votado a favor de la IVE. La impotencia de la/el mediocre.

Todas las excusas son válidas para las/los odiadores, siendo -actualmente- el Covid-19 su tema preferido.

Están las y los que odian las vacunas y cuanta decisión tome el gobierno, como están las/los que odian a lxs que odian al gobierno. Odio por odio, da siempre saldo negativo.

Lo podemos ver -al odio- en su máxima expresión, por ejemplo, en los que se alegran cuando un opositor -del lado que sea- se contagia. ¿Alguien puede sentir que hace bien al alegrarse por la enfermedad de otra persona? ¿Los proyectos políticos necesitan del odio para consolidarse? ¿Hace falta desear la muerte de una persona por su forma de pensar? ¿Es responsable desear la muerte de lxs políticos por Covid, como lo hizo el director del diario El Territorio de la provincia de Misiones, por twitter? ¿Cuanto de esto es por ignorancia y cuánto por intereses creados? El odio sirve, también, para que engorde la columna de los activos de algunos medios devenidos a menos mientras tocan la cítara que acompaña la nostalgia de lo que alguna vez fueron.

Volvamos al principio, el amor se enseña, se transmite con ejemplos, se aprende, se educa, cuesta trabajo y duele. El conocimiento (y no hablo únicamente de la educación escolarizada) es la mejor -diría única- herramienta (me niego a usar la palabra “arma”) para combatir o contrarrestar los efectos del odio. La historia nos demuestra que los pueblos con acceso a educación, con igualdad de oportunidades, con conocimiento de su historia y con participación en su presente son los que mayor chance tienen de vislumbrar futuro para su gente pues ponen el acento en el crecimiento colectivo. Ahí el amor vence.

No todxs debemos ser intelectuales, académicxs, profesionales o eruditxs, nada de eso garantiza que no terminarás siendo una/un odiador mediocre, pero sí es de vital importancia que trabajemos para ser empáticxs, solidarixs, responsables, con mucha conciencia y compromiso social. Así ganamos todxs.