Por Silvia Risko

Hay dolores que debemos soportar, sino ya estaríamos extintos, por ejemplo, el parir o amamantar (ya se que es un momento único de conexión con el/la niñx, importante e irremplazable a nivel nutrientes, etc, etc) pero duele, por lo menos al principio. Venimos preparadas para eso, tenemos un umbral del dolor alto, lo suficiente como para resistir.

Pero ¿qué necesidad tenemos de soportar aquello que nos agobia? ¿qué necesidad hay de llegar al ahogo para tomar decisiones? ¿porqué priorizamos tanto lo externo y a los demás y somos tan, pero tan mezquinas con nosotras mismas? ¿será que el umbral del dolor viene acompañado, sí o sí, de una martirizante tolerancia? No lo creo. El primero es físicamente comprensible, el segundo es social y culturalmente impuesto.

Lejos de mí está la intención de fomentar el “que se vaya todo/todxs al carajo” como primera y única opción, y mucho menos la victimización, nada de eso, simplemente me obsesiona saber porqué las mujeres, -casi todas- hasta que no “quedamos azul” no cortamos con aquello que nos agobia, ahoga, condiciona, lastima, limita o paraliza.

Dentro de la categoría agobiante entra, por ejemplo, el trabajo o actividad. Soportamos inferiores salarios por igual tarea, exigencias de aspecto físico o corporal, renunciar o postergar la maternidad, demostrar que tenemos cerebro además de tetas y culo, que la producción sea nuestra pero el ascenso sea para ellos, los acosos sexuales permanentes, etc.

Ni que hablar si nos desempeñamos en el ámbito político!! Ahí sí que se pone a prueba la “onda azul”. Somos las mejores militantes, cuando estamos convencidas nada ni nadie nos frena, aguerridas, combativas, inteligentes y capaces. Compramos todas las peleas y vamos al frente,  pero -siempre está el bendito pero- la sentencia de que fue “por cupo” y no por capacidad nos condena y relega de ante mano.

Dietas exigentes o crueldad con nuestros cuerpos, tratando de encajar en moldes que sólo nos recargan la mochila de angustia y ansiedad.

Pero, coincidirán conmigo que el más perturbador es el ámbito familiar, de amistades o románticos. Ahí la subestimación no ofende, sino lastima. Sin dudas el más desgastante, porque viene acompañado de miedo y culpa. Miedo a no cumplir las expectativas (de los demás, no las propias) y culpa por el éxito. Podemos soñar pero no triunfar. Mucho menos tener la osadía de hacerlo por mérito propio.

En fin, la lista sería interminable, pero, haciendo un doméstico análisis del porqué, creo que se debe a que desde que nacemos nos inculcan, a través de cuentitos, historias, novelas, películas o ejemplos familiares, que las mujeres nacimos para sufrir.

Sufrir, sufrir mucho pero además ¡¡que estamos preparadas para aguantar en soledad, sin quejarnos, ese sufrimiento!! Que la mujer que sufre es más buena que la que disfruta. La primera es una mártir, la segunda es una puta.

Puta, ninguna de nosotras se escapa -por más que cumpla con todos los mandatos patriarcales al pie de la letra- de ese calificativo. Todas, en alguna momento de nuestras vidas, seremos la puta designada. Ninguna se salva de eso.

El aguantarse está directamente relacionado con el hacer silencio. A no confundir, podremos hablar mucho y todas a la vez, pero a duras penas estamos aprendiendo a dejar de lado el mandato del shhhhhhhh, del silencio, de la sumisión, por el de usar nuestra voz para imponer límites.

Voz para dar opinión, aunque no te la pidan o descalifiquen; decir -aunque sea con susurros entrecortados- lo que te gusta, da placer o provoca gozo; exponer, a través de tu voz, pensamientos propios; denunciar abusos o discriminaciones; sacar a la luz -a través de nuestra voz- violaciones, maltratos e injusticias; darnos fuerza usando la voz sorora, ayudarnos y apoyarnos en la necesaria e indispensable deconstrucción propia y de la sociedad.

Ninguna de nosotras debe ser una princesa ni mucho menos una heroína, como tampoco una mártir “que aguanta” todo a costa de su bienestar. Basta con hacer un cálculo matemático, ¿cuántos minutos de disfrute nos perdemos por aguantar, por no decir BASTA? ¿A qué o quién somos funcionales quedando azul? A todo/todxs menos a nosotras mismas.

La vida es fantástica, llena de sorpresas, que vale la pena ser “vivida” plenamente y no “soportada”, no les parece?

Silvia Risko