En 1990 el Departamento de Energía y los Institutos Nacionales de la Salud de los Estados Unidos, iniciaron proyecto internacional de investigación científica con el objetivo de estudiar el ADN y cartografiar todos los genes de un “genoma humano promedio” desde un punto de vista físico y funcional.

Finalizado el proyecto en 2016 éste resultó de gran utilidad, pero también nos arribó a la conclusión de que habían enfermedades que al responder a una base genética, nos eran inevitables.

No obstante en 2008, el  National Institute of Health (Estados Unidos) inició una suerte de extensión de dicho Proyecto (Genoma Humano), con el objeto de estudiar los microorganismos que se encuentran asociados a humanos, y su impacto tanto en la salud como en la enfermedad. Es decir, cómo influyen estos seres microscópicos en la activación de nuestros genes.

Resultado de las investigaciones llevadas a cabo se descubrió que los microbios que habitan nuestro cuerpo producen grandes cambios en el mismo. 

A la colonia de microbios que nos habita se llama “microbiota”. Para dimensionar la importancia que tiene podemos destacar que el cuerpo humano está compuesto por 10 trillones de células humanas y 100 trillones de células microbianas. Según palabras de la Dra. Florencia D. Raele, la microbiota «funciona con un auténtico órgano, por ello se llama ‘el órgano olvidado’. Interactúa con cada uno del resto de los órganos del cuerpo humano y consume tanta energía como cualquiera de ellos.» (Florencia Dafne Raele, Microbiota y Medicina Ancestral, Ed. Planeta, 2019, Pág. 119).

De hecho, hoy en día existe un campo de estudio emergente dentro de la ciencia llamado epigenética – que significa “por encima de los genes” – que estudia los cambios hereditarios causados por la activación y desactivación de los genes sin ningún cambio en la secuencia de ADN subyacente del organismo. Es decir, los factores que influyen en nuestra salud más allá del genoma por sí mismo, como por ejemplo, la alimentación, el medio ambiente, el estrés, etc. 

Todos esos factores a su vez tienen incidencia en nuestra microbiota, desde que estamos en útero materno en adelante. La alimentación de la madre, la forma de parto, el contacto con la piel de nuestros cuidadores primarios, cómo nos alimentamos en la infancia, si estuvimos o estamos en contacto con mascotas o no, la tierra de nuestro jardín, etc, influyen en las conformación y mantención de estas colonias de microbios que se alojan en todo nuestro organismo.

Para entender cómo los factores externos inciden epigenéticamente sobre nosotros, e inclinan la balanza de la salud, resulta ilustrativo el ejemplo que la Dra. Sabrina Critzmann cita en su Libro “Hoy Nos Es Siempre”, donde explica: “(…) Todas las abejas tienen los mismos genes, pero una de ellas pasa a ser la reina, quien es de mayor tamaño, pone huevos y puede vivir durante años. Las otras son obreras, más pequeñas, vien semanas y son estériles. ¿Pero no tienen los mismos genes? Sí, pero la reina se alimentó con la jalea real desde que era una larva. Esa jalea tiene una proteína llamada ‘royalactina’, que se cree que actúa sobre su genoma y le da el ‘fenotipo’ de abeja reina. Entonces, ‘tener un gen para algo’, es decir, un ‘genotipo’, o un largo historial de familiares con una enfermedad ‘x’ (alergias, por ejemplo) no es una condena. Hay mecanismos epigenèticos que trabajan sobre esos genes. ¿Conocemos todos esos mecanismos? No. ¿Podemos controlarlos? No totalmente, pero podemos empezar a darles una mano.” (Pág. 45, edición digital).

En el sentido apuntado en la transcripción de la cita bibliográfica del párrafo precedente, la microbiota tiene un rol fundamental y por ello resulta de gran importancia “cuidarla”.

En el contexto de la pandemia COVID-19 que estamos atravesando se hizo necesario reforzar la limpieza del hogar y también la higiene personal a fin de prevenir la enfermedad, e incluso adoptamos hábitos y elementos nuevos al efecto, como ponernos alcohol en gel, o desinfectar con lavandina o alcohol las compras y las superficies de la casa. 

Pero, como contrapartida, estas medidas de higiene que nos ayudan a combatir el coronavirus, atentan contra la microbiota, que, paradojalmente, tiene un rol muy importante respecto de nuestro sistema inmunológico.

Por ello, para conciliar estos extremos debemos poner especial foco en nuestra ingesta de prebióticos y probióticos. Y no solo me refiero a los alimentos (o suplementos) que consumimos para ello. Existen en el mercado, por ejemplo, ungüentos corporales que sirven para esto en diferentes presentaciones y que podemos incorporar.

Y como somos seres holísticos, para “darles una mano” a los mecanismos epigenéticos, también debemos observar nuestra conducta, volviéndonos más conscientes de ella, y evitar sobre exponernos a factores de stress, como tener todo el día el televisor prendido sintonizado en canales que nos bombardean sin descanso con “noticias” que nos generan – conciente o inconcientemente – emociones negativas (miedo, ansiedad, impotencia, indignación, etcétera), practicar grounding, mindfulness, meditar, hacer yoga, hacer ejercicio dentro de casa o fuera de ella (según sean las posibilidades de cada uno en cuanto a las actividades habilitadas en la zona de su residencia), reír con amigos, así sea por medio de una videollamada grupal, elegir las batallas y evitar enredarnos en discusiones sin sentido, son algunas de las actitudes que podemos adoptar.

No sabemos cuánto tiempo más dure la Pandemia, eso está fuera de nuestro control por el momento, pero sí podemos hacer mucho por mantenernos saludables y equilibrados a nivel físico y emocional. Como dice el famoso cantante “es solo una cuestión de actitud”, a ponerle la mejor.

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