Por Nadia Gibaja

Nuestra lengua ha sido históricamente androcéntrica. Es decir. Ha puesto al varón como centro y medida de todas las cosas, el patrón es el hombre. Así, por ejemplo, cuando nos referimos a un grupo heterogéneo de personas (compuesto por varones y mujeres) lo hacemos en masculino: «Por favor todos de pie para cantar el himno».

También a veces decimos «el hombre» cuando queremos aludir a la humanidad: «el hombre desciende del mono».

En el marco de este lenguaje las mujeres quedamos incluidas genéricamente en el masculino. En cambio el varón no está representado lingüísticamente por lo femenino. Si ante una multitud decimos «todas de pie» seguramente solo se levantarán las mujeres.

Es por esto que desde los feminismos se empezó a cuestionar el lenguaje. Así surgió el lenguaje inclusivo. Un tipo de lenguaje no binario que tiene en cuenta a varones, mujeres y otras identidades por igual y, a través de diferentes herramientas, pone de relieve la necesidad de revisar nuestro idioma.

Ante ello la RAE (Real Academia Española) se ha expresado en reiteradas oportunidades en contra del uso del lenguaje inclusivo. Ha dicho, entre otras cosas que: «El uso de la letra ‘e’ como supuesta marca de género inclusivo es ajeno a la morfología del español, además de innecesario, pues el masculino gramatical (’chicos’) ya cumple esa función como término no marcado de la oposición de género”; «el uso de la ‘x’ como supuesta marca de gén inclusivo es ajeno a la morfología del español, además de innecesario e impronunciable; el masculino gramatical ya cumple esa función como término no marcado de la oposición de gén: ‘Los chicos están felices’.»

Ok, bien, primero. Se me ocurre preguntar entonces si el «femenino gramatical» podría cumplir la función como término no marcado de la oposición de género y cómo se sentirían ante ello los varones.

Segundo se me ocurre preguntar, después de todo ¿qué es la RAE? ¿Quienes la conforman? ¿Quién o qué le otorga autoridad a sus posturas? Y sobre todo ¿por qué debería tomarla como referente?

La RAE es una institución cultural privada fundada en el siglo XVIII que se dedica a la regularización lingüística mediante la promulgación de normativas dirigidas a fomentar la unidad idiomática entre o dentro de los diversos territorios que componen el llamado mundo hispanohablante.

Ok. No vamos a negar el trabajo y la trayectoria pero, después de todo, sus publicaciones no son Ley, y si vamos a tener en cuenta el hecho que generan consenso, en un mundo democrático corresponde preguntarnos entonces: cómo se conforma y quién elige a sus miembros.

La RAE está compuesta por académicxs, que ocupan diversos cargos y cumplen diferentes funciones. Está presidida por un director (así en masculino, luego explico por qué). Lxs miembros son elegidxs por otrxs miembrxs de la academia.

Bien. Entonces tenemos una institución, privada, conformada por académicxs, que son elegidxs por otrxs académicxs de la misma institución. Ajam.

Y acá va un dato de color. Desde que se fundó la Real Academia Española en 1713, hace más de 300 años, hasta hoy han formado parte de ella un total de 500 académicos entre los que solo once han sido mujeres. Ninguna de ellas ha sido directora de la Real Academia.

Entonces, tenemos una «asociación» de varones que nos dice al resto de lxs hispanohablantes que un lenguaje que incluya a las mujeres no es necesario porque el uso del masculino cumple la función de término no marcado de la oposición de género.

Bien. Creo que con eso respondo todas las preguntas que me hice al principio de la nota, incluyendo «¿por qué debería tomarla como referente?».

Hoy me paro firme en la vereda que brega por un feminismo que siga cuestionando y transformando todo lo que ya no tiene asidero ni razón de ser, y por una sociedad crítica y desobediente que deje de lado la aceptación idiota de lo que se les ha dado por cierto y comience a pensar por sí misma.