Por Silvia Risko

Desde hace años se viene reclamando al Estado la despenalización y legalización de la interrupción voluntaria del embarazo en nuestro país. Hizo falta mucho ruido de las organizaciones y la inserción de feministas al sistema político para que el debate se instalara a nivel social y ahora, por segunda vez, tenga tratamiento en el ámbito político por excelencia, el Congreso de la Nación.

¿Porqué provoca tanta ira cuando se aborda este tema? 

No tengo dudas que lo que hace reaccionar a los sectores más conservadores y ortodoxos, aquellos que han manejado e impuesto el sistema patriarcal, y lo siguen haciendo, a través del miedo y condicionamientos, esos que determinan desde un púlpito quién es merecedor de compasión o perdón, ellos -sin distinción de credo- lo que no soportan es que con esta discusión, queda expuesta la verdadera realidad; la mujer decide igual, les guste o no, lo prohíban o no, la mujer decide igual pero ahora reclama hacerlo sin culpas ni a escondidas.

Es evidente que esto, y basta leer los libros más antiguos de la humanidad, genera un peligro para aquellos que desde las sombras -o con reflectores- manejan los hilos del pensar, sentir, actuar y no actuar de las masas. Dentro de este contexto, ¿cómo permitir que la mujer sea dueña de su cuerpo, si durante siglos ha sido de su propiedad? ¿Cómo permitir que niñas, jóvenes y adultas digan NO y se las respete? ¿Cómo soportar el avance de la mujer a lugares de toma de decisión? ¿Cómo aceptar el “atrevimiento” de las mujeres a ser libres y autónomas? 

“…si les reconocemos el poder de decidir, cómo las controlamos?…”

En alguna medida, los entiendo (no uso el lenguaje inclusivo porque son ellos los que manejan el poder), si hasta no hace muy poco, (décadas, no siglos) era impensable para nosotras el plantearnos decidir cómo y con quién vivir, poder reconocer y aceptar nuestra sexualidad, empezar tímidamente a permitirnos desear y gozar, tener ambiciones (propias, no fusionandas en la de otro), plantearnos el ser profesionales, políticas, viajeras del mundo o simplemente libres pensadoras. Dejar de ser la que materna a la sociedad para salir a dibujar -con nuestros colores- nuestro destino.

Con mucho esfuerzo vamos reconociendo nuestra fortaleza y poder; que nadie se equivoque, el sacudirnos prejuicios, tabúes y limitaciones al igual que identificar la -muchas veces- camuflada violencia, es una decisión diaria. 

No conozco ninguna mujer, de la edad o cultura que sea, que haga apología del aborto, que ofrezca a cuanta embarazada ve, hacerse uno, muy por el contrario. Sólo a mentes retorcidas -ante la posible pérdida de poder sobre nosotras- se le puede ocurrir semejante idea. Lo que no soportan es que nosotras decidamos.

Pero claro, mientras se aborte en la clandestinidad, está todo bien. Hipócrita es aquel que dice que esto no sucede a diario, son incontables las mujeres que día a día se someten a una interrupción de embarazo, pero hay dos factores relevantes que marcan la diferencia en el resultado: el social y el económico.

El social se mide con la doble moral, que se lo hagan pero que no se note. Obvio que en este caso entran las de clase media para arriba, total las que se mueren son las pobres, las mucamas o sus hijas, las planeras, vagas o putas, no?

Lo económico, no hace falta explicarlo mucho, un aborto seguro, tasado en dólares (moneda favorita del mercado burgués) ronda, según el nivel del profesional, en 500 verdes aproximadamente. Queda claro quienes pueden acceder a una práctica segura.

¿Y el Estado? Hasta ahora, nos aplica la espada de Damocles, pende sobre nuestras vidas recordándonos que la pérdida de libertad es el precio a pagar por decidir. 

Pero, ¿no es acaso ese mismo Estado el que nos tiene que garantizar igualdad, seguridad e inclusión? Sí, los derechos de las mujeres -hasta ahora vulnerados- deben ser una prioridad en la agenda pública. No hay excusas, en un Estado laico, para que nos sigan excluyendo de atención médica, segura y gratuita. La interrupción del embarazo es una cuestión de salud pública, no religiosa.

Las mujeres que no deseen gestar, seguirán recurriendo a las dos formas de abortar, pagando o en forma clandestina, pero la diferencia está que legalizando la interrupción voluntaria del embarazo estaríamos salvando una vida, la de la mujer.