“Estoy un poco ansiosa por…” – “Baja la ansiedad”.

“Esta mañana extraño un poco a …” – “domina esos sentimientos”.

“Me pone triste pensar en …” – “no dejes que te afecte”.

“Me preocupa …” – “Tranquila”.

“Me enoja…” – “Calmate”.

Que insistencia la humanidad con censurar emociones. Que bárbaro como seguimos clasificando lo que es – simplemente es – como bueno o malo. Que llamativo.

¿Acaso alguien pudo calmarse solo porque le dijeron “tranquilízate”? ¿Sirve de algo intentar cortar de raíz una emoción que otre está sintiendo? ¿Posta alguien alguna vez dejó de estar triste porque le hayan dicho “que no te afecte”?

Esta filosofía idiota de la felicidad como algo constante, de la demonización y el negacionismo hacia aquellas emociones y sentimientos que “nos cuestan”, ejemplo la tristeza, la nostalgia, la ansiedad, el enojo.

Claro, no estoy hablando de una sensación que se vuelve crónica, y se convierte realmente en un problema, en algo que debilita la calidad de vida de alguien.

Estoy hablando de emociones que emergen naturalmente ante determinadas circunstancias, y que una termina evitando expresar, contar, verbalizar, porque recibe estas respuestas pedorras de cancelación, anulación, reprobación.

Dejame sentirlo, déjame decir lo que siento, como me siento. No me sirve de nada que me cuentes cómo pensás que debería sentirme ahora, o como no debería.

Está buenísimo darnos ánimo y aliento, pero que utópico y contraproducente es querer arrancar – en la “inmediatez” – a alguien de un sentimiento en tránsito. Las emociones y sentimientos no vienen con la opción de “bloquear” como los contactos en las redes sociales, y generalmente son como un alud, como un rayo que nos cae, como ese viento que se lleva puesto el festejo en el jardín. 

El agua que corre por el río no salta por encima de las piedras, las abraza, las recorre, y con el tiempo las moldea, las suaviza, y las vuelve parte de su cauce. Pero para eso, primero hubo que reconocer la piedra, conocer la piedra, sentir la piedra.

Que lindo sería si en vez de empecinarnos en negar como nos sentimos, o como se siente otre, aprendemos a acompañar sin interferir, a respetar el tiempo y los procesos, a naturalizar que no siempre se está campante y allá arriba.

Que sano sería reconocer la soberbia que acompaña el pensar que vamos a sacar a alguien de un estado de ánimo de un momento a otro dándole indicaciones.

Las emociones no se eligen, por tanto es estúpido pensar que podemos sencillamente sortearlas, como quien esquiva un pozo. Las emociones existen y se manifiestan por algo, para algo. Dejémoslas ser. Desromanticemos. No somos la fucking Blancanieves en el bosque cantándole a los pajaritos.

Todo el tiempo se nos pide que bajemos la intensidad, que nos calmemos, que estemos “tranqui”. Uf! Me cansa esta cuestión de la gente queriendo “sedarnos” la vida.

Noto que, a nivel social, existe cierta necesidad o tendencia a querer tenernos bajo control, amoldadas a las formas y modos que están aprobados, y que sospechosamente son aquellos que nos hacen dóciles, amables, gentiles, modositas, DOMESTICADAS.

YO NO ME CALMO NADA. Quiero enojarme cuando tenga motivos, quiero poder estar triste si algo me despierta esa sensación, quiero vivir las ansiedades que acompañan el entusiasmo y la expectativa porque algo suceda.

No vine a esta vida a transitar a lo bobo con cara de loca feliz.

Quiero arder de emociones y conocerlas todas, y recorrerlas una y otra vez, porque quiero una vida real, genuina, INTENSA COMO SOY y amo ser.

ARDAMOS JUNTES.