Por Nadia Gibaja

Cuando era una niña en mi casa, la escuela, los cuentos, la tele, se enseñaba que existían dos géneros de personas determinados por el sexo, que la familia eran mamá-papá e hijxs, que los varones se enamoraban de las nenas y viceversa, y que era para siempre.

Muchas cosas aprendí de chica, y un día, el matrimonio podía ser entre personas de sexos iguales, una familia podía ser de dos mamás, de papá e hijos, podía no haber hijxs; un varón podía dejar de serlo y ser mujer, el amor podía ser de a dos, de a tres o de la forma en que quisiéramos.

Todo lo aprendido un día fue puesto en jaque.

Tengo 32 años, la verdad, no me costó entender las nuevas realidades, tampoco asirlas y apoyarlas, como entender que mi apoyo o no apoyo no cambiaba nada, las cosas habían cambiado y ya. La actitud que tomara cada unx solo afectaría su propia percepción del mundo, el sentirse cómodx o no en él.

La diversidad interpela la rigidez cultural en la que fuimos educadxs. No a pocxs les hace cortocircuito mental enfrentar el hecho que de un tiempo a esta parte nada de lo que en su momento fue indiscutible sigue siéndolo. E incluso lo que fue condenado hoy es aplaudido.

Y eso lo entiendo. Entiendo como pueden sentirse las personas que han vivido en función de todas esas pautas colectivas. Tantas renuncias, tanto esfuerzo por cumplir mandatos, tantas angustias en pos de llegar a los estándares impuestos. Tanto sacrificio para no defraudar, para nada, para que ahora de pronto las nuevas generaciones gocen de una libertad que insulta todos esos límites «morales» a los que las generaciones pasadas le rindieron sus vidas.

Trato de, en ese entendimiento, ser empática con la resistencia al cambio que oponen quienes, descolocadxs por tanta cosa nueva, se ofuscan y adoptan una posición defensiva que se declara en contra de todo esto que vivencian como una afrenta «a la moral y las buenas costumbres».

Cuando me encuentro con alguien afincadx en esa posición, y hasta donde se puede y el/la otrx lo permite, invito a la reflexión con preguntas, preguntas que aliento a que se las hagan quienes en este momento me están leyendo: por qué y para qué.

Tan sencillo. Tan complejo. Y vale para todo.

Abrazar la realidad con gratitud hacia el universo de posibilidades que habilita el hecho de deshacernos de limitaciones sin sentido alguno es una hermosa forma de encarar un nuevo comienzo.

No importa nuestra edad, ni lo que haya quedado por el camino. Todo ha servido. Todo es parte de la humana experiencia. Y todo está por delante.

¡ANIMENSE A ROMPER ATADURAS! El pasado existe como tal, en los recuerdos, en el tiempo que ya no vuelve. Lo único que tenemos por cierto es este momento y lo que decidamos hacer con él.

Avanti… queda mucho camino por recorrer, y un día puede albergar toda la felicidad a la que hayamos renunciado antes.