Actualmente la humanidad cuenta con numerosos estudios que demuestran que los modelos de agro producción, sostenidos por nuestros hábitos de consumo alimenticios, conforman un sistema imposible de perpetuarse por más tiempo sin que nos conduzcan derechito a la extinción. Y no, no estoy exagerando.

Por dura que sea de aceptar esta realidad lo cierto es que la evidencia científica en tal sentido no para de engrosar sus filas, poniendo señales de alerta máxima respecto a nuestra forma de vida. Las investigaciones indican que en no más de una década, de seguir este derrotero, no habrá planeta que habitar.

Pues la cosa viene así… quemamos bosques y selvas nativos, para sembrar monocultivos que arruinan el suelo, y que no usamos para comer sino para alimentar ganado – criado en condiciones impensadamente crueles – que a su vez  socava los suelos que habita (que son el 68% de las tierras aptas para cultivo), generando gases de efecto invernadero (que superan las emisiones producidas por el transporte), y todos estos procesos además consumen MUCHISIMA AGUA POTABLE. Y luego nos comemos todo eso.

Este escenario de circunstancias nos pone en los umbrales de un desafío sin precedentes, que no es otro que librar la revolución más trasversal que hayamos presenciado como especie: el cambio en nuestros hábitos alimenticios, que propiciaría la modificación de los modelos productivos, con su consecuente correlato ambiental.

Por citar un ejemplo,  un estudio publicado por “The Economist”, arroja como resultado que si todo el mundo fuera vegano en el año 2050, las emisiones de gases de efecto invernadero relacionadas con los alimentos podrían reducirse en tres cuartos. Además, la esperanza de vida humana podría aumentar de manera considerable – 20% – debido a la disminución de enfermedades relacionadas con la alimentación. En este mismo sentido existen muchos otros documentos avalados por importantísimas entidades de ciencia.

Ante esta información el movimiento vegano está ganando cada vez más adeptos. De hecho se calcula que en Argentina un 9% de la población es vegana, cuando hace un par de décadas atrás solo lo era un 3%.

Pero aun así esta tendencia es resistida por parte de una mayoría de la sociedad que todavía mira con desconfianza la idea de una dieta basada en plantas. Mitos y prejuicios minan el terreno hacia la veganización popular.

“¿De dónde voy a sacar el calcio si no consumo lácteos?”, “Si dejo las carnes voy a estar anémico/a.”, “les veganes tienen un sistema inmunológico frágil”, “hago deportes y para eso necesito estar fuerte, es por eso que no puedo dejar las carnes”, “la dieta vegana es más cara”, “la comida vegana es desabrida”, “los productos veganos son difíciles de conseguir”, y etcétera, etcétera.

A los fines de escribir esta nota estuve averiguando sobre alimentación vegana y, para mi sorpresa, descubrí un mundo increíble de alimentos, texturas y sabores que desconocía por completo.

También me informe con una nutricionista especializada en este tipo de alimentación, quien me dijo que a la dieta vegana no tiene por qué faltarle un solo nutriente, y que lo único que debe remplazarse con suplemento es la vitamina B12, que puede tomarse semanal o diariamente, en comprimidos que se obtienen a partir de cultivos bacterianos.

Todas las dudas y peros reseñados más arriba fueron derribados por la información, y hoy sé que existen formas más amorosas y respetuosas de alimentarnos, a la par que me dieron muchas ganas de incursionar en nuevas preparaciones culinarias 100% plant based.

El veganismo es a fin de cuentas una postura ética de respeto por las demás especies y el medio ambiente, que se impone como propuesta para dar el volantazo hacia la salvación del planeta.