Hace tiempo que vengo masticando esto de que “ya no se puede decir nada que todo se toman a mal”, “ahora resulta que ya no se pueden hacer chistes”, “¿dónde quedó tu humor?”.

Francamente me interpela verme muchas veces en el papel de “pincha globos” (como me han catalogado) interviniendo con un comentario crítico el remate de algo que se supone que es “un chiste”.

He pasado a ser la amarga, la que no tiene humor, la que se toma todo a pecho. Pero no considero que ello sea justo.

Mi amiga Vero, feminista, mujer a la que admiro profundamente, una vez me trajo a colación una frase de Simone de Beauvoir que me viene a la mente en este momento: “una mujer libre nunca será una mujer fácil”.

Y es así. No es fácil convivir con personas despiertas, y mucho menos con mujeres despiertas, porque nada les pasa inadvertido. Sabemos ver aquello que el sistema se esfuerza en invisibilizar. Los micromachismos, los mandatos, los estereotipos… es decir, todo eso que nos ha mantenido quietitas y calladas mucho tiempo. Y no solo sabemos reconocerlo, además lo señalamos con el dedo y lo nombramos en voz alta. ¡Que ofensa! Una bofetada al patriarcado señor nuestro.

Es difícil incomodar al entorno poniendo en jaque las costumbres, las tradiciones, lo aprendido y perpetuado por tanto tiempo. Es difícil ser la que prende la luz para que otrxs se miren al espejo.

Las personas se sienten expuestas, y se ponen a la defensiva. Y la más fácil es desacreditar o ridiculizar a esa otra que te muestra tu propia ignorancia, tu propia insensibilidad, tu propio machismo.

No obstante ¡vale tanto la pena! Lo peor que puede hacérsele a este enemigo invisible es descubrirle el rostro, su sigilosidad y camuflaje son lo único que lo sigue sosteniendo.

Revisemos de qué nos reímos, porque un chiste debería ser algo que provoque risa, alegría, júbilo, no sufrimiento. Si daña no da gracia, y si no da gracia no es una broma, es una agresión.

El humor sexista ya está caduco. Ya no debería tener lugar. Demos un paso adelante. Aceptemos el desafío, despleguemos inteligencia a la hora de hacer reír. En el camino podemos equivocarnos, podemos tropezar y no ver las implicancias de lo que estamos reproduciendo, en ese caso tengamos la humildad suficiente para reconocerlo, y cambiar para bien, y agradecer a quién nos ayuda en ese tránsito.

El humor tiene el poder de normalizar, naturalizar y hacer aceptables los conceptos que reproduce, y también a la inversa. Visto así es un arma de comunicación muy poderosa. Usémoslo con responsabilidad y criterio.

Ningún derecho es absoluto, ni siquiera el derecho a la vida, que está limitado por el derecho a la propia defensa. Así mismo sucede con la libertad de expresión y animus jocandi. Los medios son los principales responsables a la hora de publicar – o no – contenidos a modo de chiste, que no hacen más que segregar, excluir, y afianzar el racismo, el sexismo, la xenofobia, etcétera. Pero lxs individuxs que consumen y reproducen ese tipo de contenidos son lxs responsables de cambiarlos o sostenerlos.

Por eso ya no me parece aceptable sonreír condescendientemente cuando algo me resulta agraviante. Prefiero ser catalogada como una amarga a consentir situaciones que provocan sufrimiento.

Si hablamos de deconstrucción, esto hace parte. Si queremos una sociedad más justa e igualitaria tenemos que aprender a poner freno cuando advertimos cualquier tipo de violencia, en este caso la violencia simbólica, y a veces también explícita, que conjugan los chistes misóginos, sexistas, homofóbicos, especistas, aporofóbicos, discafóbicos, gordofóbicos, racistas, xenofóbicos, etcétera,  que hemos tenido que soportar por tanto tiempo.

¿Y vos de qué te reís?