“En el amor quiero hacer todo menos fuerza”. Esta frase la leí en una cuenta de IG que sigo (la de Nina Ferrari) y me sentí plenamente identificada.

Los vínculos de afecto, llámense románticos, amistosos, familiares, son en este mundo un remanso, o al menos debieran serlo.

El Dr. Facundo Manes ha dicho en gran cantidad de oportunidades que son nuestros afectos los que inclinan la balanza de la verdadera plenitud.

Por eso es tan importante – así lo creo yo – en cualquier relación valorar por sobre todo una cosa: la reciprocidad. Lo recíproco es lo mutuo, el feed back, como un baile entre dos, donde unx se encuentra con esa otredad y amalgama, se mezcla, fluye.

“Si no hay amor, que no haya nada” decía Solari en “El tesoro de los Inocentes”. Y es así. Y esto no es romantizar a lo bobo, lo romántico, en todo caso, debiera deconstruirse.

Por eso hoy quiero hablar del amor, ese “otro demonio” (jugando un poco con el título del famoso libro de EL Gabo).

A mis 32 definitivamente entiendo el amor de una manera muy distinta a como lo hacía a los 15 o a los 25. Más sencilla, más concreta, quizás más pragmática.

Si duele, lastima, genera ansiedad, dudas, desampara, no es amor.

Si acaricia el alma, si genera expectativa, si otorga certezas, si acompaña, entonces sí es amor.

Aplica a todo tipo de relaciones. 

“Donde no puedas amar no te demores”, gran Frida, cuánta razón. Tan simple, tan claro, tan cierto.

Pero atención a lo siguiente, generalmente ese fluir de los vínculos, ese florecer de las relaciones, tienen mucho que ver con unx mismx. Quien no puede estar solx no debiera estar acompañadx. 

Para que las amistades perduren, la familia funcione, las parejas se consoliden, debemos – primero – trabajar en nosotrxs mismxs, no poner las expectativas en lxs demás.

Todxs, salvo raras excepciones, estamos un poco rotxs, y por esas fisuras se nos va lo bueno. 

Así que queridxs lectorxs, de adentro hacia afuera, siempre. Sanar y amar, en ese orden.

En su reconocido poema “En Paz”, Amado Nervo recitaba: “(…) yo te bendigo, Vida, porque nunca me diste ni esperanza fallida, ni trabajos injustos, ni pena inmerecida; porque veo al final de mi rudo camino que yo fui el arquitecto de mi propio destino (…).” 

Estamos aquí para crecer, para sanar, para vivir, para aprender. Y en ese tránsito debemos saber elegir de quienes rodearnos, pero eso empieza por amarnos, sanamente, verdaderamente, nosotrxs mismxs.

Me sentí inspirada a hablarles con el corazón, del corazón, de corazón a corazón, espero les sirva y les aporte algo bueno. Que al final, todo es político, también el amor, porque la idea que de él tengamos construye realidades que se reflejan luego en la sociedad que somos.