En la nota de la semana pasada les hable de mis elecciones alimentarias, basadas en la comida real y libre de ultraprocesados. Elecciones que podrían denominarse “disruptivas”, ya que rompen con la lógica alimenticia preponderante, y que como todo aquello que se sale de “la norma” encuentra muchísima resistencia por parte del entorno.

La presión social es inmensa, pero a ello se suma que nuestra lengua a adoptado un término específico para referirse a quienes elegimos comer sano, pero no para promover esta conducta, sino para patologizarla: ortorexia.

La ortorexia fue definida por primera vez en 1997 por Steven Bratman, como una patología alimentaria que se caracteriza por la “obsesión” de comer sano, que en teoría llevaría a quienes la padecen a posibles carencias nutricionales y/o podrían tener un impacto negativo en su vida.

Este “trastorno” de la alimentación no está reconocido por la comunidad científica como tal pero, el hecho que exista un término específico acuñado para “prevenir” a la población sobre los “peligros y consecuencias” de “obsesionarse” por comer sano, nos habla a las claras de un problema en serio: la industria de los alimentos nos ha convencido, no solo de que la comida real ya no es necesaria – pudiendo ser sustituida por los productos alimenticios que vienen en paquetitos de colores a vendernos mentiras nutricionales – sino que quienes elegimos la comida real podríamos estar padeciendo patologías mentales.

¡Es un montón!

Lo que sí ha reconocido y demostrado una y otra vez la ciencia, es que el elevado consumo de sal, azúcar, colorantes, conservantes, aromatizantes y otros aditivos, trae serios problemas a la salud, como por ejemplo diabetes, hipertensión, cáncer, problemas de fertilidad, alergias alimentarias, problemas endocrinológicos, obesidad, etcétera, y no solo en adultes sino también en niñes. Las lamentables estadísticas sobre el incremento de estas enfermedades en infantes nos dan cuenta de ello.

Ahora quiero detenerme en lo que define a la ortorexia nerviosa como patología, para que entiendan el absurdo.

Los síntomas son: fijación patológica hacia una alimentación equilibrada y saludable, restricciones dietéticas importantes basadas en estándares de nutrición auto-impuestos, evitando los alimentos que pueden contener colorantes y saborizantes artificiales, agentes conservantes, residuos de pesticidas o ingredientes modificados genéticamente, grasas no saludables, productos alimentarios con demasiada sal o azúcar y otros componentes. El interés se centra en la calidad de los alimentos antes que en el placer de consumirlos. Realmente hay que estar muy chifle para no querer comer pesticidas y grasas saturadas ¿no? (?). 

Las causas: factores multicausales. Todo muy específico.

Consecuencias: Aspectos sociales, posibles carencias nutricionales, sentimientos de culpa cuando se come algo que no se considera sano, menor bienestar y niveles de estrés más altos. Como si todos estos síntomas no pudiesen atribuirse a otros motivos que no sean el deseo de comer saludable… ajam…

El tratamiento estaría orientado a restablecer la “flexibilidad alimentaria” (importantísimo poder incluir chatarra en nuestra alimentación), y la persona debería “aprender de nuevo a comer”, y a prestar atención a sus sensaciones (aquellas sensaciones liberadas por los aditivos que crean adicción en las personas, como cuando comemos papas fritas lays, o coca cola) y no a sus “creencias” (creencias basadas en evidencia científica no son creencias, se dice: INFORMACIÓN).

Lo cierto es que la definición de ortorexia en cuanto a sus causas, síntomas y consecuencias es difusa.

Lo que es evidente es esta inclinación constante del sistema por patologizar, estigmatizar, y cuestionar lo diferente. Y destaco lo siguiente: no existe un término para definir el hábito de comer alimentos nocivos para la salud, como los ultraprocesados que promueve la poderosísima industria de los alimentos… Y eso no me parece mera casualidad ¿y a ustedes?