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Contratos basura y las mujeres trabajadoras del estado

Nadia Gibaja

La Ley Micaela, sancionada en 2019, establece la capacitación obligatoria en género y violencia de género para todas las personas que se desempeñan en la función pública, en los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial de la Nación. Por su parte, las provincias han adherido a esta Ley, haciéndose obligatoria la misma en los ámbitos pertinentes de los poderes provinciales en cuestión.

El espíritu de esta ley es que quienes ejercen funciones dentro del estado, desde el agente de mesa de entradas, hasta los más altos mandos, estén sensibilizados, concientizados, embebidos, enterados, de las problemáticas de género.

Lamentablemente debo decir, con muchísimo pesar, se está haciendo agua en la implementación de la misma. Si bien se están dando capacitaciones sobre Ley Micaela, no está siendo suficiente. No sirve una mera charla o taller sin aplicación de su contenido de manera sistemática.

¿Cómo nos afecta económicamente a las trabajadoras?

Agentes del estado que siguen contratadas como monotributistas con los famosos contratos “basura”, cuando en los hechos ejercen labores en relación de dependencia, las cuales, por ejemplo, ante un embarazo, o período de lactancia, no tienen los mismos derechos que sus compañeras que sí están blanqueadas. Esto se suma a las dificultades que encontramos las mujeres a la hora de trabajar de forma remunerada fuera de casa, y profundiza los escollos del techo y paredes de cristal, escaleras rotas y suelo lodoso.

Es inadmisible que las mujeres monotributistas que trabajan dentro del estado no sean blanqueadas cuando les llega la maternidad, dada la necesidad del descanso por licencias maternales, y lo fundamental que se hacen los horarios reducidos por lactancia. Si bien nunca es justo que se desatiendan derechos laborales de ninguna persona, no es lo mismo que para los varones, nosotras ponemos el cuerpo.

Además, las agentes contratadas bajo esta modalidad perciben ingresos mucho menores por idénticas tareas que quienes están en blanco o con relación de dependencia.

Por otra parte, quienes toman decisiones respecto al reparto de los cargos dentro de las jerarquías institucionales, que son en su grandísima mayoría varones, no comprenden ni empatizan con esta situación. Se sigue nombrando en puestos de mando y decisión a otros varones. Pareciera que no existimos o no somos capaces.

Vale preguntarse por qué quienes encabezan las listas de candidatos a elecciones son hombres, por qué de todos los presidentes de la Nación solo dos han sido mujeres, de hecho hemos tenido mas presidentes llamados Carlos que mujeres en el sillón de Rivadavia. Jamás hemos tenido una gobernadora mujer en Misiones por ejemplo, ni siquiera figuramos en encuestas. Tampoco se cuestiona por qué la mayoría de los ministerios están manejados por varones, y a su vez dentro de esos ministerios las subdirecciones, direcciones y jefaturas están ocupadas en su mayoría por masculinos.

Esto incide directamente sobre el crecimiento profesional de las mujeres que trabajan dentro del estado, crecimiento al que acompaña su no desarrollo económico por supuesto.

Es hora de que asuman (no solo proclamen) que esta situación no obedece al “orden natural” de las cosas, no se da por razones fortuitas. Los estudios de género y las estadísticas explican y demuestran, de muchísimas formas, que esto se debe a cuestiones estructurales dentro de nuestra cultura que tienen un nombre: PATRIARCADO.

La palabra patriarcado genera prurito, rechazo. Esto sucede porque es la manifestación explicita de inequidades e interpela convicciones profundas de que las mujeres no somos “la cosa o res” de la antigüedad ni la débil e incapaz de la modernidad.

Las mujeres tenemos que prepararnos el triple, caminar el cuádruple, y esforzarnos el quíntuple para conseguir lo que muchos varones consiguen, sencillamente, por compinchismo, simpatías o solo por ser “ellos”.

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