Alguna vez se pusieron a pensar, ¿por qué comemos?. Y si se lo preguntaron, se dieron cuenta que la respuesta lejos estuvo de ser: como para nutrirme y cubrir las necesidades de macro y micronutrientes. Si esa fuese la respuesta, todo sería tan simple y yo tendría muy poco trabajo.

Si bien la respuesta es correcta, no es la única. Fisiológicamente comemos por razones energéticas. Cuando nuestro organismo tiene poca batería, nos avisa que tenemos que comer pero cuando ya está óptimo hace que frenemos. Es decir que internamente estamos regulados como relojitos.

Hablemos sobre qué pasa externamente: somos seres sociales, conseguimos comida tan fácil que ni siquiera nos movemos para hacerlo y además vivimos sin aprender a relacionarnos con la comida. Todos estos factores hacen que la perfección de la maquinaria quede destruida y ya no sabemos cuándo comer, por qué comer o qué comer. Perdimos la capacidad de escuchar a nuestro cuerpo.

La respuesta que nadie dice es que comemos por placer. Esa, en mi opinión, es una de las razones más importantes. Esto es así desde que nacemos y tenemos nuestro primer contacto con el alimento, la leche materna. Un bebé ansioso busca la calma en el pecho materno, tomar la teta lo tranquiliza y obtiene el alimento que es la recompensa. Esa satisfaccióm queda grabada en nuestro cerebro y cada vez que nos descontrolamos, recurrimos a lo que sabemos que nos genera placer, la comida.

El problema es que cuando somos adultos, le tenemos miedo al placer. Buscamos, muchas veces, refugiarnos en la comida para obtener esa sensación de calma pero después nos castigamos. Cuántas veces comieron algo que no estaba dentro de su dieta, lo sufrieron, tuvieron culpa y después simplemente prometieron no volver a hacerlo, cómo si eso estuviera mal.

Lo que está mal es prohibirnos disfrutar. Esto no quiere decir que nuestro cuerpo siempre nos va a pedir churros con dulce de leche y se lo vamos a dar porque lo estamos escuchando. Esto quiere decir que vamos a mejorar nuestra relación con la comida, que vamos a empezar a preguntarnos qué es lo que queremos comer y lo vamos a hacer sin sentir remordimiento. Vamos a comer una porción de lemon pie, sentados a la mesa, leyendo un libro. Vamos a disfrutar desde el primer al último bocado, a comer con todos los sentidos. Vamos a sentir placer.

Si hacen memoria, estoy segura que les debe haber pasado (a mi me pasó), tener muchas ganas de comer algo en particular, un alfajor, por ejemplo y prohibirlo porque claro, esa comida no es saludable. Buscas distraerte y comer lo que “tenes que comer”, lo que dice tu dieta. Nada te alcanza, ni todo el pan o la fruta del universo, seguís buscando comida, seguís sin llenar ese vacío. Volvés al inicio, realmente tu cuerpo quería comerse ese alfajor, no lo permitiste, comiste mucho más de lo que debías y también te comiste el alfajor. Sin pensarlo, sin disfrutarlo, con culpa.

El alimento, lejos está de ser solamente el que nos nutre y nos mantiene con vida. El alimento, muchas veces es para el alma. Entonces, empezá a practicar el ejercicio de preguntarte, qué es lo que querés comer y vas a ver como de a poco, volvés a llenar de energía no solamente tu cuerpo, sino tu corazón.