Por Ángela Ferreira

Hace un tiempo, cuando visitaba a mis padres en el mal llamado interior de nuestra provincia, uno de mis tíos me dijo que mi actitud se parecía a la de una gallina clueca (cuidando sus polluelos) por mi mirada cuando tomó a upa a mi pequeña, que en aquel entonces, tenía unos seis meses de vida.

Soy feminista y sé que no existe tal cosa como el “instinto materno”, que se trata de un constructo social que se ha utilizado históricamente como mito para sostener y perpetuar la asignación del rol de crianza, cuidados y tareas domesticas a las mujeres. Pero me pregunto; ¿cual habrá sido mi mirada, postura o actitud para que ese “dicho” apareciera?

Pienso en las gallinas cluecas, en lo grosas que son criando solas en un mundo de mil hostilidades, así que no me ofendí, por el contrario, comencé a pensar cada día más la importancia de los roles de cuidados en una sociedad maternofobica.

Sobre las madres, los dichos y cuestionamientos son una constante en relación a como lo hacemos y de las decisiones que tomamos, pero muy poca ayuda concreta al criar. Tan pequeño y cotidiano como si llora al bañarlx, sobre si no permitimos o habilitamos determinadas actividades o alimentos, etc. Así de denso, sobre las madres todo se cuestiona y culpabiliza.

Cuando nos hacemos mapadres, comenzamos a reflexionar permanentemente sobre como criamos, las metodologías, estrategias, los cuidados, todo, e inexorablemente aparece la comparación sobre como fuimos criades nosotres.

Exagerada! otra de las cosas que solemos escuchar. Pues, para ella quiero ser siempre exagerada en éste mundo de locos que naturaliza tanta violencia y si no les copa, adopten un perro. 

Se lo digo a mi niña y también a les adultes de su entorno; no tiene que abrazar o besar a quien no quiere, no tiene que comer lo que no quiere (aunque esté en casa ajena), no tiene que intentar encajar, ella decide. Considero que los ingredientes claves para la construcción de su confianza son el permiso para sentir y la soberanía sobre su cuerpo.

Lo traigo a colación porque teóricamente todes esperan que seamos bien resueltas, autoconfiantes, modernas, sexualmente libres, dueñas de sí mismas, pero en la práctica nos ven afrontosas, “carácter muy fuerte” y mas bla, bla, bla, inclusive sobre las niñas pequeñas cuando aprenden a decir que no.  En fin, las contradicciones nuestras de cada día.

Plantearse una crianza feminista, pacífica y respetuosa como bien lo dice Esther Vivas, implica comenzar a dejar atrás la culpa (acabando con el mito de la madre perfecta, sabiendo que maternar trae luces y sombras), sabiendo que en mi maternidad mando yo (las madres somos sujetos de derecho con capacidad de decisión), y terminando con la maternofobia, el sistema le da la espalda al cuidado, el mercado deposita la responsabilidad del cuidado en el Estado, que a su vez lo traslada a la familia que deposita el trabajo sobre las mujeres, pero, para construir una sociedad más equitativa y de futuro, la maternidad debe ser una responsabilidad colectiva.

Los hijos no limitan a las mujeres, por el contrario, la sociedad limita a las mujeres que tienen hijos.

Es hora de pensar las políticas públicas y laborales en clave de cuidados corresponsables, con seriedad y respetando los derechos ya conquistados también para aquellas mujeres que caminamos en la política.

Mi niña, como yo, va a cometer errores, se va a equivocar y quiero educarla para que cuando eso suceda, en vez de huir, corra hacia mí. En ese momento sabré que valió la pena. (Parafraseando a L.R.Knost).

Para cerrar, por favor menos juzgar a las madres, y más sororidad.