En mis redes sociales me defino como arquitecta con sol en acuario, creyendo que eso resume perfectamente quién soy. La realidad es que el simple hecho de tener que definirme a mí misma me incomoda, no disfruto de la idea de encasillarme o condicionarme en una autodefinición.

Desde chica siempre fui soñadora, un poco altruista y bastante caprichosa, prefiero siempre ver el vaso medio lleno y quizás peco de positivista.

Tengo 31 años y he conseguido muchísimas medallas en la carrera de la vida y todas me han costado mucho más que un poco de sudor y entrenamiento.

Soy arquitecta y nací bajo el sol de acuario, sí. Pero también soy la risa contagiosa, las inseguridades con las que convivo, el arte que llevo en la sangre y los consejos que brindo.

Soy la que considera que el mundo es demasiado grande como para no recorrerlo, que absolutamente todo se puede aprender, que el café de la mañana es una necesidad, que el silencio es más valioso de lo que creemos y que al amor propio hay que construirlo día a día; la que ha caído una y mil veces, pero se ha quitado la tierra de las rodillas y ha seguido, la que cree que nada es imposible de lograr, la que ha aprendido que pedir ayuda no te hace débil. 

También soy la reservada, la que no expone más de la cuenta, la que se abstrae y sólo escucha; soy mis 12 años de terapia y mi sensibilidad ante el mundo. 

Soy mi sol, mi luna y mi ascendente. Soy todo lo que digo y lo que no.

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