La llegada de mis hijes me hizo cuestionar varias estructuras. Me dí cuenta de que todavía había un montón de procesos de desconstrucción que me tocaría enfrentar, mas allá de todo lo vivido.

En la historia de la humanidad, la figura de la buena madre ha sido puesta en un pedestal, vinculando a la maternidad el sacrificio y la abnegación. Fue así que me topé con un mundo machista, en el cual tuve que enfrentar y desafiar a una sociedad llena de estereotipos por cumplir, los cuales, hasta ese entonces, tenía naturalizados, incluso con un tinte de resignación.

Nunca me sentí cómoda con el papel de la mamá perfecta que se sacrifica por sus criaturas y está feliz de hacerlo, los cuales se han convertido en su razón de ser y existir, anteponiendo siempre sus intereses a los míos, porque se supone no debería tener propios. Pensar en mi más allá de mi rol de madre, me generó culpa durante mucho tiempo.

También compré la foto del tipo de familia que debía tener para que la cosa funcione: madre, padre, hijes. Y en nombre de ese retrato familiar, auto convenciéndome que la figura de un padre presente era elemental para el bienestar emocional de mis hijes -sin importar el costo que debía pagar como mujer- tardé un año en asumir y decidir poner fin a una relación que ya había perdido su norte hacía tiempo.

 Me daba terror pensar cómo haría para criar sola. Pensé que nunca podría hacerlo. Sin embargo, aprendí que el miedo y la frustración, a pesar de que no te lo cuentan en las revistas, también es parte de la tarea de ser madre, aunque esa posibilidad nos ha sido negada en las visiones idealizada de la maternidad, lo cual solo sirvió para culpabilizar y estigmatizar a las mujeres que decidimos apartarnos de ellas.

En nombre de un supuesto instinto maternal se nos ha negado la posibilidad de  realización personal para convertir a la maternidad como nuestro único destino. Sin embargo, ademas de ser madre, soy profesional, militante, feminista, tengo amigxs con los que necesito desenchufar y hablar cosas de grandes, y claro… soy mujer.

Me separé del padre de mis niñes cuando eran muy chiquitos. Él se fue a vivir a otro país. Por lo tanto, las tareas cotidianas como encargarme de su educación, conseguir niñera, cocinar, llevarlxs a pasear, hacer las tareas, llevarlxs a un cumpleañitos, pensar en una actividad extracurricular, llevarlxs al pediatra, cuidarlxs cuando se enferman, tolerar sus berrinches, contener sus frustraciones, todo es mi es responsabilidad.

 Ellxs naturalizaron nuestra rutina. Entienden la dinámica. Sabemos que no tenemos otra opción que acomodarnos a nuestras actividades, y así lo hacemos. Hay días en los que cedo la tele para pasar una tarde a puros dibus y días en los que ellxs ceden para acompañarme a una marcha o quedarse calladitxs mientras tengo una audiencia por video llamada. Hay días muy cansadores y angustiantes y otros llevaderos y divertidos. Hoy ya no necesito ocultar los malabares que hago, ni mis alegrías, ni mis fracasos como madre para demostrar que puedo.

También aprendí significado de maternar en manada. En mi caso, acompañada mis hermanos, mi papa y mi mamá, mis tías, amigas y compañeras que hacen que la tarea sea más sencilla.  Siempre están predispuestxs a darme una mano. Por lo que no me gusta definirme como mamá soltera, pues mi estado civil no tiene nada que ver con cuán acompañada estoy en la maternidad.

En cuanto al papá, podríamos decir que se convirtió en un padre virtual. Nuestro hijes escuchan desde muy pequeñxs decirles que lxs ama, que lxs extraña y que son todo para él…desde una pantalla. Conmigo de mediadora, se comunican como pueden. Nunca cerré la puerta de sus mundos. Siempre pienso que verse parecidxs o identificarse en algún punto lxs ayuda a formar y fortalecer su identidad. Él no está físicamente, pero no desaparece. Es difícil de entender. No lo juzgo, creo que la vida se encargara de pedirle cuentas.

Vivo en un constante desafío, sosteniendo una familia monomarental en una sociedad que aún con todos los avances, no se encuentra preparada para acompañar y contener a quienes decidimos romper con el estereotipo de familia tradicional.

En nuestro mundo proyectamos, retrocedemos, avanzamos, aprendemos, nos equivocamos, nos peleamos, amigamos, lloramos de tristeza, nos reímos a carcajadas y convivimos con lo que somos y con lo que nos tocó sin rencores. Aunque la mayoría de las veces no sé si lo estoy haciendo bien, incluso me encuentro intentando confiarme en mi propia forma de criar, dejando de lado los mandatos impuestos de lo que se supone debería hacer para que “no se me vayan de las manos”. Creo que la verdadera construcción, en mi pequeña familia, se da puertas adentro.

También tengo deseos y proyectos más allá de la maternidad. Aprendí a sacarme la mochila de las culpas autoimpuestas por una sociedad que castiga a las mujeres que no cumplen con los mandatos establecidos, y estoy aprendiendo a respetarme y permitirme darme un tiempo y un espacio para mí sola como mujer.

Al fin de cuentas, como dice Esther Vivas en su libro “Mama desobediente”, hay que liberar la maternidad. Las mujeres conquistamos el derecho a no ser madres, a acabar con la maternidad como destino: ahora el desafío reside en poder decidir cómo queremos vivir esa experiencia.