Por Ángela Ferreira

Sabemos que nuestro sistema social y cultural con centro en “lo masculino” o “andro-centro” (se toma al varón como sujeto universal), genera desigualdades que jerarquiza al varón por sobre la mujer y se ha venido basando con el paso del tiempo en argumentos de orden tanto natural (supuestas habilidades y cualidades exclusivamente masculinas), como sobrenatural “dios lo quiso así”, posiciones que no son antagónicas sino que se complementan aportando al sostenimiento del orden machista.

Esa forma de pensamiento reproduce el sexismo concediendo privilegios a las personas de un sexo (varones) en detrimento de los derechos de las personas del otro sexo (mujeres) y de todas las identidades consideradas feminizadas o disidentes.

En ese sentido y en palabras de Lucho Fabri, autor de “La masculinidad incomodada”, la masculinidad como dispositivo de poder se desarrolla como un conjunto de discursos, acuerdos tácitos y prácticas que tienden a socializar y educar a las personas asignadas varones al nacer (la genitalidad como criterio del determinismo biológico), con procesos que van enseñándoles, haciéndoles pensar, sentir, que los cuerpos, las capacidades y la sexualidad de las mujeres deberían estar a su disposición.

Así se va construyendo la masculinidad normativa a través de la cual lxs varones deben estar demostrándola de manera constante (liderazgo, virilidad, fuerza) al ser “atendidos” por las mujeres de los diferentes entornos y espacios en los que transitan.

Esa masculinidad hegemónica, normada e históricamente construida genera profundos procesos de desigualdades y violencias hacia las mujeres e identidades feminizadas y es de la que toda la sociedad busca, ahora, alejarse.

La búsqueda por dejar atrás la “masculinidad toxica” y la construcción de las nuevas masculinidades desde un camino comprometido y fundante (no solamente discursivo desde lo políticamente correcto) configuran las tensiones y desafíos de la actualidad en materia de equidad.

En lo cultural registramos transformaciones que considero esperanzadoras (conquista del movimiento feminista) y me refiero al establecimiento de los nuevos ordenes del “deber ser”, ya ningún varón quiere ser llamado machista, violento o machirulo (termino democratizado por nuestra querida ex presidenta Cristina Fernández).

Sin embargo, a pesar de esas transformaciones, la violencia está más presente que nunca en las estadísticas y roles familiares, tal como lo plantea Jokin Azpiazn carballo en masculinidades y feminismos “la post masculinidad hegemónica rechaza la violencia extrema  pero continúa reproduciendo las jerarquías de género”.

Existe entonces, la tendencia a identificar las nociones de machismo en las conductas de las personas como “no prestigioso” para el sentido común.  De allí que los varones fueron adquiriendo una conducta de amabilización (rechaza la violencia, respeta identidades diversas) pero siguen ejerciendo el poder y usufructuando de los privilegios congéneres.

En buena hora comenzamos a cuestionar o repensar esa masculinidad que ha venido configurando un mundo  injusto, desigual y violento. Para avanzar en la reflexión, algunos interrogantes para los varones podrían ser: ¿Qué practicas machistas, violentas o desiguales puedo estar reproduciendo?, ¿Cuáles son los privilegios de género que no puedo cuestionar? y ¿Por qué?, ¿Cuál es mi rol para la trasformación social?, ¿Puedo identificar las situaciones en las que ejerzo poder?.

Fernado Ferraro del Instituto de Masculinidades y Cambio Social, dice que “la masculinidad hegemónica como libreto, como guión, busca desconectar a los varones del corazón” y comprenderla en tanto condicionadora, moldeadora de todas las vidas es fundamental para la adopción de una consciencia crítica que nos permita ver y buscar revertir las condiciones de esa opresión que daña a todxs.

Para cerrar, este debate es profundo y seguiremos dándolo en el camino de reflexionar sobre cómo serán esas nuevas masculinidades que queremos construir.