Sin duda vivimos tiempos en los que construir relaciones afectivas -de todo tipo-, sanas, recíprocas y responsables, se ha vuelto todo un desafío que implica un combo de tiempo, trabajo y amor  propio.

Como ya verán, me posiciono desde la óptica de que todo se construye y que ésa construcción implica esfuerzo. Asimismo, a veces resulta y a veces no, pero no importa.

Ayer fue el día de los enamorados, enamoradas, enamorades y aunque sabemos que la fecha está estrechamente ligada a una cuestión comercial y sobre las peligrosas nociones del amor romántico, podemos celebrar que ya comenzamos a ver en las publicaciones de redes, la importancia de reivindicar todas las formas de amor, mas allá de las heterosexuales romantizadas.  Love is Love o amor es amor.

Entre avances,  retrocesos y resistencias, creo que ya podemos hablar de un consenso social generalizado en el que algunas de las ideas sobre las que nos socializaron, con sentido crítico y mirada feminista, las fuimos dejando atrás, como; “el amor todo lo puede”, “el amor todo lo supera”, “el amor todo lo perdona”, sin embargo, existen otras que permanecen más profundamente arraigadas como las de abnegación y entrega, siempre esperada de las mujeres y muy celebrada (cuanto más sufrida mejor), romantizando la pobreza, la falta distribución del trabajo doméstico y la falta de corresponsabilidad afectiva y material de la crianza.

Esas circunstancias de la realidad nos muestran, como continuamos en gran medida, obedeciendo al orden cultural dominante, machista, capitalista y patriarcal. Esa terrible alianza (mercado-amor romántico) que naturaliza la concepción de la afectividad y de la sexualidad en el marco de la diferenciación jerárquica entre varones y mujeres, excluyendo por completo todo amor disidente de la heterónoma.

Así, el amor continua siendo “el opio de las mujeres” como bien lo dijo Marina Subirats en “mujeres y hombres, ¿un amor imposible?” o Kate Millet en  “el amor romántico nos ha distraído de la lucha por la emancipación” en su escrito “política sexual”, entre tantas otras referentes que han venido teorizando sobre el tema.

Sin embargo, “la crítica al amor romántico no implica el abandono de la ternura” (Coral Herrera Gómez), esto es, las mujeres no odiamos a los varones, luchamos por una sociedad más justa para nosotras y eso implica repensar los acuerdos del contrato social y sexual del trabajo (que nos inferioriza asignándonos espacios y tareas de menor prestigio y remuneración), desandar las nociones de que esperamos a alguien que nos proteja o salve y por fin, repensar las formas de vincularnos, sobre como construimos las relaciones afectivas.

Para cerrar, el amor, no debería implicar la pérdida de autonomía o de la capacidad de autodeterminación, entendiendo que los celos no son demostraciones de amor, se trata de control sobre lo que se considera un objeto de propiedad.

Si bien estamos lejos de lograr relaciones plenamente igualitarias, nos apremia ir desarmando las ideas del amor como estrategia de control social que mantiene a las mujeres en una posición subordinada.

En nombre de la igualdad recordemos, somos naranjas enteras.