Por Carolina Belloni

Frente a mi casa hay una plaza, justito en frente. Hay un grupito de adolescentes que juega a la pelota en el playón improvisando arcos con ojotas o buzos tirados en el suelo o a veces alguna botella de gaseosa. Van casi todos los días, incluso los días que llueve.

A la vuelta hay otro grupito de niños y niñas, rondarán los 8/9 años, después de la siesta corren hasta la plaza para jugar a esconderse, a usar las hamacas y a andar en bici sobre el alisado del playón. A esa edad y a metros de sus casas ya van sin compañía de los mayores.

Hasta ahí parece un cuadro común del movimiento de una plaza de barrio, pero observando detenidamente pude ver que sin decir nada, cuando los pibes que juegan a la pelota llegan automáticamente lxs más chicxs trasladan sus juegos a una calle lateral, si a la calle o a algún otro rinconcito de la plaza. Nadie dice nada, no es que se peleen o que alguno de los más grandes les pida que se vayan, hay como un pacto implícito. En silencio lxs más peques ceden el lugar.

Todo esto me lleva a pensar en la forma que tienen los hombres en general de apropiarse de los espacios públicos. Cabe aclarar que justamente el espacio es “público” y es para que lo hagamos propio, pero hay momentos en los que siento que dejan de serlo y pasan a ser propiedad absoluta del patriarcado (no, no soy una exagerada).

Recuerdo, por ejemplo, el recreo de la escuela cuando algunos compañeros varones decidían hacer un picadito contra otro curso y el patio pasaba a ser su canchita, nadie objetaba. Cuando marcaban los arcos en el piso el resto de lxs que estábamos cerca nos corríamos casi instintivamente para dejarles libre el lugar. Ellos se apropiaban y nosotrxs cedíamos.

Como mujer, ir caminando por una vereda y ver que más adelante había un grupo de pibes sentados en la esquina me hacía cruzar automáticamente para evitarlos, porque todas aprendimos que pasar por enfrente de un grupito de varones es “provocarlos” para que te digan cualquier cosa. Cruzar en silencio y sin hacer contacto visual era una máxima.

Esto lo desnaturalicé leyendo a autoras feministas: Desde chicas entendimos que el espacio público no nos pertenece desde el momento en que alguien nos tiene que llevar y traer para no ir solas por la calle, o cuando tus viejos sólo te dejan ir a ciertos lugares si vas con ese AMIGO al cual le tienen confianza.  

A ellos los alientan a avanzar, a tomar lo que desean, a manejarse solos y a nosotras nos acostumbran a ceder, a aguantar, a ser “educadas”, a no pelear. Porque la mujer que se queja es “quilombera”.

Nos enseñaron que donde juegan los grandes no hay que meterse y el “no hables con extraños” que lo arrastraremos de por vida, porque aun siendo adultas, hablar con extraños sigue siendo peligroso y a veces mortal. Todas estas experiencias se suman y hacen que la carga mental que tenemos sea más pesada y que sigamos por la vida cediendo espacios.

Mucho se ha debatido sobre penalizar el acoso callejero y se están tomando acciones al respecto, yo creo que es necesario, porque no es sólo un “piropo” lo que está en juego, es la libertad de caminar por la calle sin ser interpeladas por algún hijo sano del patriarcado que cree que nos interesa su opinión sobre nuestro cuerpo ¡Merecemos caminar en paz!

Es urgente lograr que el espacio público sea sano y seguro para todxs, pero de verdad eh! Y a quienes todavía piensan que es una exageración de un grupo de “feminazis” les deseo de todo corazón que tengan el valor y la grandeza de revisar sus conceptos.

“Los lugares hay que ocuparlos” me dijeron una vez a modo de consejo (me lo dijo un hombre) y yo lo entendí como un desafío. Por eso pretendo con esta nota fortalecer la red que creamos con otras mujeres, poder reflexionar entre todas, buscarle la vuelta para que las calles sean seguras para las pibas y para lxs niñxs y que el espacio sea por fin público de verdad.

“Ahora que si nos ven” que sepan que no nos vamos a correr para que armen su picadito, que o nos incluyen en el partido o se sientan en el banco de suplentes a esperar su turno, porque no son los únicos que saben cómo se hace un gol.  

Sugerencia del día: Para leer sobre el concepto de carga mental el libro “Solas aún acompañadas” de Florencia Freijo es ¡un librazo!