Por Ángela Ferreira

Nuestras inseguridades no son saldo pendiente solo de nosotras, no se trata de un problema individual, es un problema “nuestro” en tanto sociedad.

Claro que las redes sociales nos han aportado mucho como forma de encontrarnos, reencontrarnos, para interactuar, megustear, decirnos cosas lindas, debatir, conocer y creo que nos queda mucho por aprender de sus gestiones, pero lo que quiero traer a colación en este bosquejo, es el daño que causan los estándares establecidos de belleza que están en su salsa en ellas.

De nada sirve decirnos inseguras unas a otras sin comprender los verdaderos motivos de esas inseguridades. Las mujeres somos altamente exigidas socialmente (entre otros mandatos sociales) a cumplir con determinados parámetros de belleza, en kilos, color de la piel, largo de pelo, juventud y no sigo porque es altamente toxik.

Nos educan para competir unas con otras (aunque eso no se diga explícitamente) para ser “la más linda” como lo mejor que nos podría pasar. Por ello y de manera casi “automática” nos comparamos todo el tiempo. La comparación duele, es injusta y poco saludable.

No se trata de un fenómeno reciente, las mujeres hemos tenido nuestra identidad relacionada a la belleza y a “lo femenino” durante siglos, pero, durante los últimos tiempos se observa un gran aumento de ese fenómeno (podría estar ligado al incremento del uso de las redes sociales).

La tecnología nos llevó a mayores niveles de exposición, sacamos fotos, grabamos videos y somos vistas desde diferentes ángulos. Sin dudas todo eso nos hace sentir más libres pero será que esa libertad es real?

La belleza es utilizada socialmente como arma contra las mujeres. Trabajamos, luchamos, nos independizamos, nos organizamos y hemos venido conquistando más y más derechos, entonces ¿Cómo podrían controlarnos? transformando nuestros cuerpos en objetos de valoración para el consumo.

En síntesis, cuantos más espacios conquistamos mayores serán las exigencias estéticas estereotipadas de lo considerado “bellas o femeninas” ytan profundo calan esas exigencias en nosotras, en todas (en mayor o menor medida), que inclusive aquellas mujeres consideradas “hegemónicas” se comparan con otras y son víctimas de esa arma social como lo plantea Naomi Wolf en su libro “El mito de la belleza”.

Para cerrar, mi planteo busca simplemente recordar las raíces sociales y culturales de las exigencias inalcanzables de belleza y como se construye nuestra presencia en los medios de comunicación es un gran ejemplo de ello (Mujeres que no fueron tapa hacen buenos análisis sobre esto).

Cuestionar y desandar esos patrones y exigencias es tarea cotidiana y de todas, porque el feminismo no es una opinión política, sino un estilo de vida.