Desde el principio de la historia, a las mujeres todo nos ha costado un poco más. Incluso hoy, después de todo lo que hemos recorrido, el camino sigue siendo cuesta arriba.
Recién ahora, a mis 31 años, tengo conciencia de las desigualdades que he vivido por el simple hecho de ser mujer.

En el año 2006, a mis 17 años, tomé la decisión de que quería ser arquitecta. Recuerdo que la gran mayoría de los comentarios que recibí no fueron muy alentadores, ya que supuestamente era una “carrera de hombres” y no iba a ser fácil transitarla.

 ¡Y claro que no lo fue!

Durante los 8 años de facultad viví situaciones de desigualdad, las cuales naturalicé por completo, quizás a modo de preservación o por ignorancia. De por sí la carrera de arquitectura es difícil, pero es aún más si se es mujer, ya que, constantemente, debemos -las mujeres- demostrar lo capaces e inteligentes que somos. 

¡Es agotador!

Uno pensaría que la desigualdad y los pensamientos retrógrados responden a otra generación y que los jóvenes tenemos la mente lo suficientemente abierta como para pensar de manera diferente, pero lastimosamente no es así. En mi primer trabajo como arquitecta, aprendí que soy mi único “frente de batalla”, que si yo no exijo respeto nadie lo va a hacer por mí y que la edad es únicamente un número que no representa, necesariamente, ningún avance en cuestiones sociales y de igualdad.

Todavía resuena en mi mente el momento en el que una mujer, 2 o 3 años mayor que yo, se refirió a mi como “la decoradora” del arquitecto para el cual trabajaba. Recuerdo haber sentido enojo, mi ego había sido herido, pero lo que más me enfurecía era el retraso que ese comentario implicaba para todas y cada una de las mujeres. 

Ahí entendí que esta es una lucha que hay que llevar adelante todos los días, que van a haber momentos donde sentís que todo es en vano, pero otros donde el esfuerzo va a valer la pena.
Que lo importante es ser fiel a una misma, confiar en tu propia voz y no callarla ni en los peores momentos, y también, que hay que respetar los tiempos y procesos de los demás, pero no conformarse con la creencia de que “son como son” y que “ya no van a cambiar”. No somos seres estáticos, no deberíamos quedarnos quietos en ningún momento. 

Y que, más allá de todo esto, la arquitectura es maravillosa en todos los aspectos y vale la pena todos y cada uno de los días. 

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