El acoso no es un cuento, las mujeres no tenemos garantizado el derecho de vivir y transitar los espacios públicos libres y sin miedo.

En Posadas el acoso sexual callejero continúa siendo una problemática compleja y cotidiana que afecta la calidad de vida de las mujeres y que, lamentablemente, va mas allá de los casos registrados en videos.

Además del reciente video viralizado en redes sobre una situación ocurrida en el barrio “El Palomar” (registró a una joven siendo perseguida y acosada, y gracias a una estrategia que ella desarrolla puede librarse de su acosador que pretendía ingresar a su departamento); el fin de semana pasado, nuevamente se viralizó una grabación de acoso sexual callejero en la ciudad, en éste caso las pibas -muy valientes- enfrentan a sus acosadores grabándolos, los que eran agentes del Estado municipal y circulaban en un vehículo oficial. 

El acoso sexual callejero es una modalidad de las violencias de género establecidas en la Ley Nacional Nº 26.485, pero como han sido naturalizadas históricamente llevó tiempo entenderlo como tal. Las nociones de galantería, piropo, “les encanta”, “le levantamos el autoestima”, “con esa ropa lo está pidiendo”, “está regalada”, son solo algunos de los estereotipos que permiten sostener el status quo de ésta desigualdad a lo largo del tiempo.

Desde muy pequeñas nos van enseñando a las mujeres, como estrategia de supervivencia, a ir incorporando estrategias para transitar los espacios públicos. Estas estrategias son ejes de aprendizajes condicionantes en nuestra socialización, ya que el simple hecho de nacer mujer implica un riesgo de vida y lo vamos incorporando como parte de nuestra realidad. Al crecer llevamos adelante esos cuidados de manera casi “automática” cada vez que ponemos nuestro cuerpo en el espacio de lo público. Esos procesos refieren a una planificación sobre nuestra vestimenta, sobre nuestros destinos y la calidad de ellos, el tiempo de esos recorridos, sobre los horarios, sobre la necesidad de estar acompañadas en ciertos espacios, en fin, sobre el miedo.

La violencia de género en el espacio público afecta el uso, disfrute y apropiación de los espacios públicos por parte de las mujeres y disidencias, ya que determinan cómo desarrollan sus rutinas, sus traslados, su participación en espacios sociales, comunitarios y políticos, el acceso a los servicios y el disfrute de actividades.

Para aquellas identidades que disiden de lo hetero-normado éstos procesos se complejizan con la discriminación, la persecución y la invisibilización. Entonces podríamos preguntarnos, en el marco de nuestra sociedad patriarcal ¿para quienes está reservado el pleno disfrute de los espacios públicos?

 “Para que caiga el patriarcado hay que dejar de sostenerlo”

Gran desafío es el de deconstruir la masculinidad hegemónica que da lugar a éste tipo de prácticas basadas en la cosificación del cuerpo de las mujeres, la jerarquización de las relaciones sociales de género y que lleva a muchos varones a reproducir, validar y naturalizar chistes o comentarios machistas, el acoso sexual callejero, entre otras prácticas que se encuentran entre los primeros peldaños de la escalada de las violencias de género.

El acoso sexual callejero es una problemática que afecta a los derechos humanos ya que limita y condiciona nuestra posibilidad de vivir y transitar los espacios públicos en igualdad de condiciones en relación a los varones. Se trata del real y efectivo reconocimiento de nuestra condición de ciudadanía.

Por eso un real posicionamiento sobre el tema (para quienes se encuentran en la función pública) debe ir más allá de un texto en redes sociales, SE REQUIERE POLITICA PUBLICA.

¿Hasta cuándo? Basta de Acoso Sexual Callejero.