Por Carolina Belloni

Hoy voy a compartir un hecho que me sucedió hace unos días, un amigo me llama para contarme que la novia lo dejó de un día para el otro después de 3 años de noviazgo y 1 de convivencia, le dijo que estaba harta de ser invisible y se fue. Después de algunos detalles que no vienen al caso “quedó loca” fue su conclusión.

¿Por qué traigo esta historia a Henryka? Porque dentro de esta deconstrucción que estamos haciendo de nuestras identidades todo lo que sucede a nuestro alrededor genera un espacio más para la reflexión y por aquí voy, revisando(me) todo.

Amigo, hombre hétero-cis llama a amiga, mujer hetero-cis. Les resulta habitual? A mí sí.

Es cierto que somos amigos hace años y que ya hemos pasado por situaciones de rupturas sentimentales acompañándonos, pero hoy me comencé a plantear interrogantes que antes, cuando no tenía los anteojos violetas (léase la mirada feminista de la cuestión) no se me hubieran ocurrido. Me pregunto y me respondo. 

Por qué recurre a una amiga mujer cuando podría tranquilamente hablar de su “problema” con un amigo hombre? Será que como a ellos los educaron para no demostrar sus sentimientos no quiere mostrarse débil o abrumado frente a un par? Tal vez se compró el cuentito de que un hombre que llora es débil o que un hombre que sufre es “nena” y recurre a alguien que no lo va a juzgar. O quizás como las mujeres somos “más sensibles” cree que entendemos mejor estas cosas. Estamos en el 2021 – pienso- ese estereotipo arcaico ya no da.

Descarto la proximidad y la confianza porque en los últimos tiempos hablamos poco y él tiene otras personas con quien dialogar. Creo que hay algo más.

Quizás sea que mi antigua yo tenía una mirada más machista de las cuestiones de pareja y siempre resolvíamos todas nuestras dudas con hipótesis más o menos parecidas y busca eso, alguien que le diga que tiene razón. Confieso que antes hubiera cerrado la cuestión con el “quedó loca” pero hoy no me es suficiente ni necesaria esa catalogación. Hasta la siento insultante.

Me enojo, no le voy a dar la razón.

La fundamentación de ella fue precisa, le dijo que se sentía invisible después de 3 años de relación. Se lo dijo directo, fuerte y claro, sin mucha vuelta y aun entre tanta claridad él decidió concluir con que su lectura de la realidad era una cuestión de salud mental. Invisibilizada e invalidada, cómo no se va a ir?

En qué momento reclamar por algo que queremos o deseamos nos convierte en personas fuera de sí?

El argumento de la mujer loca o histérica me lleva a los albores del siglo XIX cuando los médicos diagnosticaban histeria en las mujeres que tenían vaivenes emocionales y demases yerbas. Menos mal que no le dijo Bruja – pienso.

Dato complementario, de todos los insultos dedicados exclusivamente a las mujeres hay tres que son comunes (lastimosamente) y hacen explotar todo: “loca”, “histérica” y la palabra que empieza con p.

En fin, sigo preguntándome cosas: quizás en algún momento yo fui la “loca” de alguien y no me enteré. Quizás ellos sigan en ese plan de no hablar sobre sus sentimientos con pares para no quedar expuestos. Quizás todavía quedan muchos especímenes que van por el mundo desoyendo deseos, minimizando sentimientos y diagnosticando enfermedades terribles. O quizás el problema soy yo y mi tendencia a sobre analizar los embrollos (tal vez sea prudente acotar aquí que soy de virgo).

A veces, cuando escucho cosas que les pasan a los hombres me pregunto ¿cómo los amigos no les avisan? Si pudieran abrir una vía de comunicación entre ellos mismos podrían compartir con sus pares estas experiencias y tener un panorama más esclarecedor (o al menos cercano a la realidad) y no respuestas infantiles y carentes de fundamentos.

Nosotras hablamos de todo, todas tenemos una amiga que se cansó y se fue y sabemos por qué, o una amiga que cría sola a su hijx porque el padre se piantó o alguna que sufrió una infidelidad y la pasó  mal. Todas conocemos a otras mujeres que no quieren tener parejas o alguna amiga que se vio a escondidas con un hombre casado.

Hablamos, nos abrazamos, compartimos, lloramos juntas, reímos a carcajadas. No sé si está bien o está mal, pero al menos nuestras conclusiones no se meten con la salud mental de nadie.

De un tiempo a esta parte y gracias a los anteojos violetas nuestra comunidad se hizo más fuerte, somos hermanas, nos reflejamos, ponemos luz sobre las invisibles (aunque también nos creamos invisibles), creemos que todos los pedidos son válidos, entendemos de dolores y de amores y ahí estamos, para decirle a nuestro amigo que ella no está loca, está HARTA.

Nota al pie: Un libro para romper todo y armar de nuevo “Caos” de Magalí Tajes.