Como todos, comencé el 2020 con mucha ilusión, los años pares siempre tuvieron ese “no sé qué” que me entusiasma más de lo normal.

Este año iba a ser ÉL año para mí, había tomado una decisión que iba a cambiar mi realidad al 100%. El 7 de enero, con mucho nerviosismo y miedo, apliqué a una visa de trabajo en el exterior que iba a ser la puerta a mi “nueva vida” y el 23 de ese mes, recibí la aprobación. Lloré, obviamente, porque ese día comenzaba el proyecto más grande y ambicioso de mi vida.

El siguiente paso era ponerle fecha, comprar el ticket de avión y armar las valijas. Era, en apariencia, muy simple pero me generaba mucha adrenalina.

Mi vuelo estaba programado para el 4 de mayo a las 00.30hs. Tenía tiempo suficiente para despedirme de mis amigos, de la ciudad donde estaba viviendo y de mi familia.

Renunciar a un trabajo nunca me resultó tan fácil, lo estaba dejando por algo diez veces mejor. Las despedidas comenzaron en marzo, todos los días había una excusa para festejar y el clima de Córdoba era mi mejor aliado.

Iba a regresar a la ciudad que me vio nacer el 24 de marzo, una fecha que para nada tenía que ver con el azar. Mis planes eran disfrutar de un mes con mi familia y amigos, descansar de los años intensos que venía viviendo y prepararme para mi viaje. ¿Qué podía salir mal?

Todo, o casi todo.

Tuve que regresar a Posadas el 18 de marzo, comprando a último momento un vuelo ya que el mío había sido cancelado. A los dos días de regresar, declararon cuarentena en el país y los planes de ver a amigos y familiares no se concretaron como lo había pensado.

Las esperanzas de que todo se solucionara antes de mi viaje eran cada vez más y más lejanas. Todo mi positivismo estaba por el piso, mi cuerpo comenzaba a expresar lo que yo no podía decir.

Me sentía frustrada y enojada, no entendía por qué el universo me estaba complicando las cosas.

Obviamente, el vuelo del 4 de mayo nunca despegó. Pero como dije antes, no todo salió mal.

Al poco tiempo decidí dejar de lamentarme y empezar a hacer algo para mantener la cabeza ocupada. Y fue así que, después de muchos años, di forma a mi estudio de arquitectura.

Tener mi propio estudio era un proyecto de años, un poco olvidado por la rutina y los tiempos acotados, pero este era el momento. Tenía el tiempo, no había rutina ni agendas, y lo mejor: no tendría jefes.

Emprender no es fácil y menos en Argentina. Es un trabajo diario, de más de 8hs, que no conoce de fines de semana ni feriados. Pero el goce y la plenitud que da saber que lo estás haciendo por y para vos, no se compara con nada. Mi estudio somos mi computadora y yo, como siempre lo deseé, y la libertad que eso me brinda es mil veces mejor que cualquier otro trabajo.

Esta pandemia vino a demostrarnos que somos mucho más de lo que creemos, que las distancias no existen y que una buena conexión de wifi es muy importante. También, en lo personal, me ayudó a reconectarme con el lado más artístico, con mis ganas de crear. Me reencontré con la arquitectura que amo, esa que es arte y libertad.

Mi viaje sigue pendiente y estoy convencida de que va a suceder muy pronto, pero ya no me genera angustia ni enojo, porque sé que este tiempo que estamos viviendo me sirvió –y mucho- para encontrarme nuevamente con mi lado más profundo y sensible.