En los últimos meses en Argentina pudimos ver que es tangible entregar millones de hectáreas al agronegocio, dejar en llamas la mitad del país durante meses, envenenar los alimentos con cada vez más transgénicos y agrotóxicos, matar miles de animales cruelmente, arrasar con las comunidades nativas, entre muchas más cosas pero resumiendolo: vender el futuro; porque nunca los vimos, ni creo que los vayamos a ver, accionando tan enojados y preocupados como hace unos días en los sectores populares bajo represión, desalojo y violencia

Hay una gran conexión entre la distribución territorial y la lucha ambiental. 

Como nunca está de más mencionar, la justicia ambiental es justicia social. ¿Qué relación hay entre la violencia hacia las personas en situaciones vulnerables y hacia la biodiversidad? que sus vidas no valen los dólares del negocio que hay detrás. Al igual que con las comunidades nativas, son salvajes, unxs negrxs de mierda, porque el fondo en cuestión no son las tierras, sino las tierras para aquellos que no llevan camisa y corbata.

Ante una crisis climática y ecológica lxs primerxs en sufrir sus efectos son las personas en situación de pobreza, específicamente las mujeres y niñxs son lxs más expuestxs, sumando la crisis pandémica que hace retroceder avances en tema de hambre, de muerte infantil y de desigualdad de género. Estamos en una crisis producto de un modelo de saqueo, porque este sistema económico capitalista, neoliberal , patriarcal y extractivista se ha adueñado de nuestras vidas. Esta es una lucha histórica de los pueblos a lo largo de 528 años de depredación, desde la llegada del hombre blanco europeo a América que solo trajo exterminio.

Y ¡Sorpresa! ¿cumple el modelo productivo de hoy con el discurso de hace 25 años atrás de alimentar al mundo con soja? Todo lo contrario, solamente generó mayores niveles de expulsión de poblaciones rurales. 

Entonces, cuando hablamos de cambiar el modelo agroexportador a un modelo agroecológico sostenible, estamos vinculando varias de estas problemáticas, dado que aproximadamente 62 millones de hectáreas de la República Argentina (es decir el 35% del territorio Nacional) figura como propiedad de 1.250 terratenientes que manejan las extensiones productivas que, además de ser privadas y la mayoría extranjeras, optan por maximizar la ganancia económica sobre todo lo demás. No se puede seguir sacrificando a comunidades enteras, para garantizar el beneficio de unos pocos, ¿o acaso el acceso a los derechos están determinados por el respaldo económico?

Las tierras están mal distribuidas, las reservas naturales arden, lxs dueñxs ancestrales de la biodiversidad respiran lucha viendo cómo cae un árbol, los pobres respiran lucha viendo cómo caen chapas, ambxs viendo su hogar destruyéndose.

Busquemos verdaderas soluciones. Hay que detener el avance de la frontera agropecuaria, que es principal culpable de los incendios y desmontes. Hay que dignificar los territorios fiscales con cultivos sustentables y agroecológicos para generar un futuro digno encaminado a la soberanía alimentaria.

¿Pero a qué nos referimos con el término “Soberanía alimentaria?

La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a decidir qué queremos sembrar y cómo queremos alimentarnos, como una estrategia para terminar con el hambre en el mundo, según la FAO. 

Dimensionando la situación…

La agricultura campesina (y familiar) produce el 70% de los alimentos del mundo en el 25% de la tierra; mientras que el agronegocio, para producir el 25 % de la comida, recurre al 75% del suelo (Grupo ETC). Por otro lado, más de la mitad del mercado de semillas está controlado por tres empresas, Monsanto, DuPont y Syngenta, al igual que el mercado de los agrotóxicos, de los cuales dependen las semillas transgénicas y la agroindustria, Syngenta, Basf y Bayer

El Movimiento Nacional Campesino Indígena Somos Tierra explica:

“La soberanía alimentaria requiere de políticas públicas que protejan los modos de vida y de producción campesinos-indígenas, que garanticen que las comunidades puedan permanecer en las tierras que habitan y que trabajan, sin hostigamiento ni amenazas de desalojos, y que fortalezcan el tejido organizativo y cooperativo.”

Así, el modelo familiar/campesino-agroecológico podría triplicar el empleo en el campo, mejorar la calidad nutricional de los alimentos y beneficiar a nuestra biodiversidad.

El fuego avanza siendo su chispa el egoísmo, y así, el discurso de odio se agrava desde la comodidad de los privilegios. Construir territorios agroecológicos libres de violencia será la lluvia de empatía.