Por Sofía D´Arpino Wall

El Senado de la Nación de Argentina aprobó, por unanimidad, la Ley de Educación Ambiental, que constituye una política pública, nacional, permanente, transversal e integral, de aplicación en todas las escuelas de nuestro país.

Por fin vamos a liberarnos de “cerrá la canilla cuando te lavas los dientes” cuando hablamos de Educación Ambiental. 

Algunos de sus puntos más interesantes son:

  • El contenido educativo lo desarrolla en conjunto el COFEMA y un Consejo Consultivo que deberá estar integrado por pueblos originarios, organizaciones socioambientales, el sector científico, gremios, guardaparques, universidades, docentes y estudiantes. ¡Algo súper completo, diverso e inclusivo!
  • Los programas se construirán teniendo en cuenta las problemáticas y características locales y los contextos territoriales.
  • Se incorporaría de forma transversal la cuestión ambiental en la currícula educativa, es decir, entiende que la agenda ambiental atraviesa a muchas temáticas, ya que sin naturaleza, no hay nada. 
  • Detalla responsabilidades y funciones específicas del gobierno provincial y nacional. Curiosa arma de doble filo.

Podríamos creer que ésta es un puntapié inicial para las transformaciones tan necesarias como urgentes (que nos deben) en el sistema educativo, y como sociedad, en torno a nuestras costumbres, valores y conductas respecto a cómo nos posicionamos en el ambiente. 

Del dicho al hecho hay un trecho, pero esperemos, y luchemos, con que esta ley sea una semilla para cambiar (un poco) la realidad. 

Aún así, no nos olvidemos de cuestionar la contradicción que genera

¿Será que esta nueva ley vendrá acompañada de un sistema que deje de apoyar e incentivar prácticas extractivistas? Es fundamental que las acciones gubernamentales acompañen con coherencia a las nuevas enseñanzas.

Hasta el día de hoy la educación ambiental la llevan las ONG ‘s, el que ahora sea política una de Estado (y en caso de que se desarrolle correctamente) permitirá que el conocimiento deje de ser un privilegio, y no hablamos de uno menor, porque el que no sabe, no se preocupa.

Por supuesto, las sospechas por parte de movimientos socioambientales sobre el contenido del material educativo no guardaron silencio. ¿Nos vamos a encontrar con información realista frente a los efectos de los agrotóxicos, megaminería, pesca, siendo que el Estado habilita dichas prácticas? ¿O lxs jóvenes se formarán como futurxs empresarixs del colapso

En un país en el cual no existen tantos estudios oficiales de los efectos ambientales y sociales de este tipo de “desarrollo”, la duda es muy válida. 

No sé por qué me recordó a éste capítulo de los simpsons: Todo el maldito sistema está mal – Frases Homero y Cía https://www.youtube.com/watch?v=ZrSJ4QdXOLc

Otro punto que se cuestiona desde estos sectores es que el tiempo para actuar se acaba, entonces, ¿por qué la responsabilidad sigue recayendo sobre lxs jóvenes? cuando son quienes justamente no tienen el “poder” formal.  

Recordemos el desafiante discurso de Greta Thunberg en la ONU:

«Todo esto está mal. Yo no debería estar aquí arriba. Debería estar de vuelta en la escuela, al otro lado del océano. Sin embargo, ¿ustedes vienen a nosotros, los jóvenes, en busca de esperanza? ¿Cómo se atreven? (…) No son lo suficientemente maduros para decir las cosas como son. Incluso esa carga nos la dejan a nosotros, los niños»

No podemos seguir esperando la solución en las futuras generaciones cuando se trata de abandonar el antropocentrismo como política del presente. 

Estamos frente a un futuro incierto, y no solo en el sentido de la ley. ¿La clave? no bajar la guardia y conquistar todos los espacios para que “no olviden” que el cambio debe ser de raíz