Por Sofía D´Arpino Wall

En los últimos años la palabra “sustentable” fue adquiriendo cada vez más lugar en nuestro vocabulario, y aunque su existencia surgió hace más de tres décadas, en el siglo XXI se convirtió en uno de los mejores cánones del marketing futurista.

Cepillo de diente de bambú, sorbete de metal, copa menstrual, jabones sólidos, son algunos de los productos en tendencia que tienen en común algo más que su amabilidad con el ambiente: el énfasis en el individualismo.

El término incluye conceptos que interrelacionan fenómenos muy importantes que preocupan a todos los seres de la tierra, que tienen que ver con la vida humana, en relación con el presente y futuro del planeta tierra y su interacción con ella, que causa así la transición a un uso consciente y responsable de los recursos naturales; pero como se mencionó anteriormente, surgió hace más de treinta años pero curiosamente, recién en el lapso de tiempo donde la crisis climática y ecológica se fue profundizando, la sustentabilidad se volvió predominante en la narrativa de las Naciones Unidas. 

Es decir,las bolsas de tela son parte de una fórmula que hubiera podido contrarrestar algunos daños en el medio ambiente en los años ochenta, no hoy. Lo expresa Carolina Vera claramente: en las últimas décadas, los indicadores de sustentabilidad más importantes no han hecho más que empeorar.La inacción llevó a que el cambio climático se convirtiera en una crisis climáticaHoy ya no basta reducir impactos,perdimos ese tiempo, es necesario regenerar la salud y vitalidad de los ecosistemas, dado que su biocapacidad ya está devastada. 

El profundizar el individualismo es una manera de invisibilizar esta urgencia que solo tiene una salida colectiva, porque al final del día aquella perspectiva sustentable, de producción responsable no llega a los sectores políticos o económicos que son en donde está el mayor problema. Flavia Broffoni expresa: 

“Nuestra sociedad actual sólo puede reproducirse a fuerza de invisibilizar lo que la sostiene. La invisibilización de lo que vemos en las góndolas y de las tareas de cuidado son las dos grandes bases del iceberg que hacen que este modelo pueda seguir reproduciéndose a fuerza de una guerra constante contra la vida”

¿Entonces es mejor seguir con los mismos hábitos de siempre? 

¡No!El iniciar la transición a un modelo de vida que entiende que somos parte de la naturaleza y no que estamos sobre ella es un paso más para “despertar” la conciencia sobre lo que estamos haciendo y permitiendo que hagan. 

“Solo cuando conciliamos la naturaleza y la cultura y avanzamos hacia la comprensión de nosotros mismos como parte de la evolución de la vida y los participantes en los procesos de soporte de la vida, comenzamos a trabajar de manera regenerativa”

El tiempo sigue corriendo, quedan menos de siete años para evitar llegar a un punto de no retorno. El cambiar los hábitos en casa no va a salvar el mundo, no va a detener la sexta extinción masiva de especies, la primera aniquilación biológica de la historia, ni va a cambiar la realidad de las personas en sectores vulnerables que sufren en primera línea por estas crisis. En cambio, romper el contrato socialque rigen las fuerzas de poder entre lxs ciudadanxs y la representación indirecta política es luchar legítimamente por proteger la vida. 

¿Por qué vamos a seguir obedeciendo las reglas de un sistema que nos está exterminando?

El conocimiento es responsabilidad, el exigir soluciones reales, también. Debemos lograr la revolución de la oruga, que a través de la metamorfosis se transformó en mariposa. Revolución no reformismo.