Una macabra industria detrás de la droga aceptada socialmente, que si bien causa ocho millones de muertes al año, en las películas (en especial las juveniles) jamás se verá la ausencia de un personaje que seductoramente lleve el arma entre los labios. 

El 31 de Mayo es el Día Mundial Sin Tabaco, en el cual nos encontramos con miles de campañas de concientización basadas en su consumo; ya sea por las alarmantes estadísticas de salud: se estima que hay unos 1,3 billones de fumadores a nivel mundial, pero ojo, estos son los números de 2019, los cuales irónicamente subieron ante la pandemia del covid-19; o por el impacto ambiental: ya que luego de la temporada, los agroquímicos aplicados persisten en los suelos durante no menos de una década, generando resistencia en las plagas. Es decir, se incrementan las dosis, empobreciendo la biodiversidad, contaminando las aguas superficiales y subterráneas, el suelo y el aire, y sabemos que más, sumando que en todo el mundo, cada año se destinan aproximadamente 200.000 hectáreas a la agricultura del tabaco.

Ambos enfoques buscan corromper el romanticismo que ampara fumar: lujuria, poder y clase; pero poco se habla del 01 de Junio, el Día de los Tabacaleros.

¿Realmente sólo te compete a vos lo que hacés con un cigarro?

Las víctimas de este “gustito” no solo lo son sus compradores y las personas cercanas, sino que nos vemos frente a un tema de graves consecuencias en la desigualdad social, género, niñez y ambiente. No vamos a hablar de ética, ni moralidad, pero sí de la injusticia social de la que podés estar siendo parte. 

En la página de la OMS/OPS podés seguir leyendo sobre las más de 100 razones para dejar de fumar, en las cuales se explaya sobre las consecuencias ambientales y mucho más.

Si estamos en un notable riesgo lxs fumadores pasivxs (amigos de), ¿qué pasa con los tabacaleros? ¿Estas grandes empresas otorgan equipamiento adecuado junto con salarios acordes al riesgo y exigencia? 

Inmersos en una dominación cultural, desigualdades persistentes y un modelo inicuo, los tabacaleros se ocupan de este trabajo de manera manual, familiar y artesanal, donde, por supuesto, las consecuencias sobre la salud de la población rural aparecen como caras de una misma moneda. 

Los que trabajan en el tabaco, lo hacen por un salario del día o de la semana. Este salario lo fija y lo paga el “patrón”, es decir el productor que es el dueño de la finca. En su mayoría es un trabajo continuado, sin feriados y sin tiempo ni espacio para la vida privada en condiciones precarias, lo cual los desvaloriza como grupo y esto favorece y justifica la dominación de casi vivir para el patrón. Un método de poder similar al de los colonizadores europeos.

Además de la violencia de la explotación de los trabajadores y el trabajo esclavo e infantil, las mujeres también la sufren, encargadas de las tareas de la casa, cumplen doble o triple jornada de trabajo y los casos de abuso sexual no están separados de ésto y la anterior mencionada dominación. 

Además del problema del ingreso de los productores y la calidad de vida de los mismos, se le suma la manipulación laboral y/o exposición ambiental reiterada con  las mochilas pulverizadoras y al glifosato de amonio, las cuales provocan lesiones graves y/o mortales a todo el grupo familiar, dadas las disfunciones genéticas 

En Misiones (Argentina) 5 de cada 1000 niños nacen afectados de meliomelingocele, una malformación del sistema nervioso central. Como así, se estima que cerca del 13% de su población tiene alguna discapacidad.

¿Pero quiénes son los verdaderos responsables?

Aún continuamos operando bajo la forma de agricultura contractual, estrechamente ligada al sistema económico actual, que juega a favor del crecimiento económico de los sectores que lo hegemonizan, dejando en segundo plano (o hasta reforzando) la desigualdad social rural y la demanda de bienes naturales que implica.

Curiosamente, en esta concepción de desarrollo, aparecen siempre los mismos nombres, un ejemplo: Monsanto, Bayer, Du Pont, Philip Morris.

Seduciendo por su capacidad de producción y rentabilidad, el negocio del tabaco oculta su otra cara, que es nada menos que el peligroso costo para la continuidad de la vida sobre la tierra. Tratándose en definitiva de un marco ideológico y pragmático que implica un contexto inviable para la agricultura familiar.

¿Qué opciones les quedan a los tabacaleros? Entre la amenaza visible de la muerte a manos del hambre y la amenaza invisible de la muerte por intoxicación, los esfuerzos por lo general irán por evitar la primera. 

Entre los labios llevamos una decisión política, desintoxicarnos de lo normalizado para ver más allá de lo que quieren que veamos.