Por Sofía D´Arpino Wall

No es tapa de ningún medio hegemónico, pero los científicos del mundo comparten el mismo reloj de arena y lo poco que le queda. Las personas se unen, las redes sociales explotan. ​De la alarmante información sobre el deterioro del ecosistema y la escasa reacción política y social ante ésta, el plano físico no es el único afectado, sino también el psicológico; así nace la eco-ansiedad.

La emergencia climática despierta sentimientos como preocupación, angustia, insomnio, enojo, depresión, nerviosismo, estrés. La impotencia de ver cómo el dinero vale más que la vida, hasta dentro de los de la misma especie, hace arder el pecho.

Nos enfrentamos cara a cara a algo mucho más grande que nosotrxs, que la solución no está en nuestro individualismo, ya que nadie​ puede hacerlo todo y nunca lo que haga una sola persona va a ser suficiente. Nada está bajo nuestro control, no todxs cuentan con las mismas energías, no todxs están igual de involucradxs y eso aterra.

Cuando la lucha por la crisis climática y ecológica se hace personal, allí es donde empieza todo. ​¿Acaso es una exageración?

El futuro incierto compete a todxs y cada unx de nosotrxs. Pero ​¿por qué la preocupación no es colectiva?

“La verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimientos​, ​sino el hecho​ de rehusarse a adquirirlos​”-KarlPopper

El pasar por alto las alarmas de la ciencia, el ver la lucha ambiental como algo ajeno, el seguir con los mismos hábitos, el pensar que la “normalidad” es eterna, justa y bella es permanecer en una burbuja de comodidad y fantasía. ¿Y a quién no le gustaría vivir sin preocupaciones a futuro, sin preocupaciones sociales, ecológicas, casi apocalípticas? El empezar a conocer y aceptar la realidad es un proceso sin retorno y muy (muy) incómodo.

Al saber que llevamos más de 50 años ignorando las advertencias de la comunidad científica nos hace sentir señaladxs, sumado al sentimiento de pánico y desesperanza al entender que el que se tomen acciones reales y concretas va a determinar nuestras vidas, mientras la mayoría de gobiernos mundiales miran para otro lado.

«​Los adultos siempre están diciendo que tienen el deber de dar esperanza a los jóvenes. ​Pero yonoquierosuesperanza.Noquieroquenoshablendeesperanza,quieroqueentrenen pánico«. (Exclamó la activista Greta Thunberg en la ONU)

Si bien todxs estamos en vista de esta crisis, lxs jóvenxs y niñxs somos quienes estamos

sufriendo la mayoría de estos efectos secundarios, dado que nuestro futuro es el que está

en juego. Sabemos que somos quienes vamos a lidiar con las consecuencias y,

lamentablemente, continuamente nos vemos obligadxs a ser líderes ya que lxs adultxs que

lo son por democracia, no están en posición de mirar más allá que el presente y negociar

por nuestros derechos. ¿Qué vamos a proyectar si al mirar para adelante es una tiniebla

densa de restos de incendios? ¿Vale la pena pasar años estudiando? ¿Podremos conocer el

mundo antes de que se extingan los pocos vertebrados que quedan? ¿Respiraremos?

A raíz de la furia ante la desidia podemos negarlo, ignorarlo, escapar tapándonos con una

manta de privilegios como cuando eramos chicxs y las sábanas nos protegían de los

monstruos, o convertir esa energía en activismo para exigir las acciones que eviten el rumbo

hacia la extinción a la que nos dirigimos.

Rodearnos y compartir con personas que sienten lo mismo, dosificar los bombardeos de información a los que nos exponemos, no sobrecargarnos de acciones, canalizarlo todo a través del arte, darnos un espacio para sentir, dar importancia al autocuidado, es imprecindible.

Respirar. Agradecer.

Aún hay posibles soluciones, el unirse en el despertar es una metamorfosis existencial histórica, probablemente sin comparación posible con ninguna otra época de la humanidad, teniendo también así una importancia personal, íntima, dado que ​un día cambió todo pero a la vez no cambió nada.

Sofia Wall D´arpino

Sofia D´Arpino Wall