Si no fuera por el coqueto edificio municipal ubicado sobre la ladera de un cerro sería imposible reconocer el casco urbano de Caa Yari, cuyo nombre hace referencia a una milenaria leyenda Guaraní, en la que se describe como sus dioses le regalaron un árbol de yerba mate, luego, seguidores de un Dios lejano le regalaron miseria y muerte a los pueblos originarios, pera esa es otra triste historia.

Un puñado de casas con un par de negocios de consumos esenciales, una hermosa plaza principal, la comisaría y dos templos que parecen gigantes comparados con el resto del pueblo es todo, lo que a simple vista, encuentra el asombrado visitante cuando ingresa al poblado.

Para descubrir el municipio hay que adentrarse en las picadas que surcan los cien kilómetros cuadrados en los que se extiende el territorio y donde moran los más de mil habitantes de aquella tierra. Es muy probable que la ciudad no se desarrolle debido a su cercanía con Leandro N Alem, donde los colonos realizan la mayoría de sus grandes compras para el desarrollo de sus chacras.

Los principales líderes mundiales están descubriendo que la forma de salvar el planeta es cuidar el medioambiente emigrando de las grandes ciudades para afincarse en pequeños campos con una agricultura diversificada. Misiones, una diminuta provincia en un lejano país del tercer mundo es un ejemplo universal del respeto a la naturaleza, donde su pueblo y sus dirigentes tienen como eje prioritario el cuidado ambiental. Recorriendo las picadas de estos pequeños municipios encontraremos el mejor ejemplo ecológico y podemos vislumbrar el camino que debe – obligatoriamente – transitar la humanidad para poder subsistir.

Buscando el Salto Ángel me adentré en la picada finlandesa sin percibir que me había extraviado en alguna de las tantas bifurcaciones del camino. Luego de deambular un largo rato decidí preguntar en una chacra la manera de volver a la ruta, así conocí a Alvar, un colono de unos setenta años, con un cuerpo robusto y una redondeada cara, típica de los inmigrantes del este europeo.

Luego de explicarme como salir de esos caminos laberínticos me comentó que él tenía en su chacra un salto, invitándome a conocerlo. Debo reconocer que acepté por agradecimiento a la atención recibida, sin esperar -ni en sueños- encontrar semejante paraíso perdido. Nuestro anfitrión me indicó que lo siga con el auto; trepó con asombrosa agilidad a un cuatriciclo y atravesando un extenso potrero, esquivando ganado y pasando por un crujiente puente de madera confeccionado por el propio Alvar, llegamos a una caída de aproximadamente doce metros.

Sobre uno de sus márgenes se levantaba una gigantesca pared de piedra con dos escalones intermedios que formaban enormes piletones de agua cristalina, todo cuidado con una amorosa dedicación y limpieza absoluta. Luego de un par de horas de disfrutar el agua acepté la invitación para tomar unos mates en la fresca galería de la casa principal del campo y conocer la historia de aquella simpática pareja.

La charla fue maravillosa, comenzó con sus recuerdos de infancia junto a sus padres finlandeses, que habían llegado a Misiones en busca de un futuro mejor, su casamiento con Anne, hija de una familia vecina; la llegada de varios hijos junto con innumerables anécdotas de la vida en la picada. Pero la historia que me impresionó definitivamente fue como defendió la cascada de su propiedad de una empresa brasilera que había comprado varias propiedades vecinas en la época menemista y quiso también apropiarse de aquel tesoro natural, primero con abogados y luego con propuestas millonarias de dinero.

Nuestro héroe se opuso sistemáticamente cuidando y dejando para su descendencia aquel lugar realmente paradisíaco, para disfrutar en familia y ofrecérselo a vecinos y asombrados viajeros de otros lejanos lugares, como el caso de este humilde narrador.

Regresé a Posadas con una felicidad desbordante por la magnífica belleza que había conocido y pensando en aquel colono que sin terminar la escuela primaria tenía más cuidado por el medio ambiente que los inteligentes hombres de negocios que envenenan nuestros mares y ríos.

Al igual que el pueblo misionero este campesino cumple con su compromiso de cuidar a la naturaleza para las futuras generaciones, protegiendo y amando UN SALTO SIN NOMBRE EN CAA YARI.