Colgado en las laderas del centro de las serranías misioneras se despliega el municipio de Dos de Mayo, donde su casco urbano es una mezcla perfecta de antiguas viviendas características de la zona con modernas construcciones. Sus empinadas calles lucen una limpieza impecable, con un diseño paisajístico en el que se destacan las ornamentaciones florales que dan un bucólico marco a sus espacios públicos. Debido a su ubicación es un lugar ideal para los turistas que deseen recorrer toda la provincia, ya que se encuentra prácticamente a la misma distancia de las imponentes Cataratas del Iguazú y de los Saltos del Maconá. La oferta hotelera es impecable y va desde un lujoso hotel cuatro estrellas hasta un lodge de selva con saltos naturales dentro del propio predio.

Para que la estadía sea soñada recomiendo conocer el Salto Orquídea muy cerquita del centro y el Salto Golondrina, que para mi humilde gusto, es el más bonito que tuve el privilegio de conocer.

Es absolutamente recomendable cuando llegue el momento de partir, hacerlo al atardecer por la ruta provincial 11, que comunica la ruta nacional 14 con el municipio del Alcázar sobre la ruta nacional 12, recorrerán 47 Km de ensueño con un paisaje increíble de valles verde esmeralda contrastando con los rojizos colores que nos ofrece la puesta del sol entre las sierras.

En un domingo de verano con un calor agobiante fui invitado a un almuerzo en la picada que desemboca en el salto Golondrina, llegamos a media mañana y ya estaban encendiendo el fuego para el opulento asado para unos veinte comensales cuando de repente apareció el protagonista de nuestra historia, Tito.  Colono de unos cuarenta años aproximadamente, la dura vida rural no había conseguido opacar una belleza natural heredada de sus ancestros europeos, con un parecido extraordinario al actor Facundo Arana. Luego de las presentaciones de rigor   me comentó que no nos acompañaría, solamente tomaría una última copa y se retiraría a descansar.

Tito trabajaba incansablemente de lunes a viernes, pero los fines de semana tenía la obsesión de agotar todo el stock de bebidas alcohólicas que estuvieran a su alcance y ese fin de semana no era distinto a los anteriores, nos comentó que había pasado la noche en vela brindando con amigos, hecho comprobable a simple vista. La comilona transcurrió entre charlas profundas y anécdotas, pero nuestro héroe jamás cumplió la promesa repetida de retirarse, cada vaso de vino que se servía juraba y perjuraba que sería el último porque debía irse a descansar.

Para la hora del truco decidí ir a conocer esa maravilla que es el Salto Golondrina, disfruté hasta que el sol se despidió justo por detrás de la espectacular caída de espumante agua cristalina, la mezcla de los rojos del crepúsculo con el verde del paisaje era una visión de ensueño y ya con mis sentidos rebosantes de belleza regresé a la chacra para despedirme de la familia que tan bien me había recibido. Gigante fue mi sorpresa al encontrarme a Tito sirviéndose un gran vaso de cerveza, sentenciando que ese si sería el último trago. Con una enorme sonrisa intenté emprender el regreso, pero a los pocos metros recorridos escuche un fuerte chiflido, me detengo para ver qué pasaba y veo venir la rubia figura de nuestro amigo, que corriendo tambaleante me pide que lo alcance hasta el pueblo. Lo dejé en un bar salido de un cuento de Borges y debo reconocer que no le creí en lo absoluto cuando con una mueca socarrona se despidió diciendo que se iría a dormir luego de beber LA ULTIMA EN DOS DE MAYO.