Supongo que no es nada bueno empezar la tercera columna de este ciclo pidiendo perdón por cometer una omisión demasiado grosera. En mi defensa puedo argumentar el apuro por contar historias y describir paisajes de los bellísimos municipios de nuestra provincia, pero seguramente mi error fue producto de mi propia mediocridad. En el primer envío resalté las bondades del pueblo, pero ignoré absolutamente el entramado social y económico de Misiones. El lector que todavía no nos conoce debe comprender que Posadas y otras grandes ciudades son el cerebro de nuestro imaginario cuerpo, sin dudas la ruta 12 y 14 son las venas y arterias que alimentan nuestro sistema, pero las picadas rurales son el corazón misionerista. De estos laberinticos hilos rojos en el inmenso verde de la vegetación surgen las mayores riquezas económicas y sociales que hacen a la nuestra una provincia distinta y maravillosa.

A aquellos turistas que lleguen en sus automóviles, les imploro que ingresen a cualquier picada en cualquier ruta, ustedes me preguntaran ¿cómo conocemos a esta supuesta maravilla?, sencillamente desvíense del asfalto y comiencen a transitar alguno de los incontables caminos de tierra colorada e instantáneamente comenzara una inimaginable fiesta para los sentidos. Podrán observar las diversas viviendas de los colonos, incontables plantaciones, el ganado característico de la zona, escuelas e iglesias rurales, mezcladas con enormes extensiones de selva virgen. Todo adornado por un sinfín de aves y mariposas de una variedad infinita de colores.

Como humilde consejo les sugiero prestar mucha atención a las bifurcaciones de los senderos porque luego puede complicarse el regreso, cada picada es una telaraña de caminos interconectados y si no prestamos atención podemos encontrar adelante paisajes que vimos varios kilómetros atrás, en estos casos debo decirles que se encuentran más perdidos que Mauro Icardi en el día de la lealtad.

Esta historia transcurre en la PICADA PROPAGANDA, la primera y más bonita que me toco conocer. Por esas casualidades del destino acompañe a una amiga a la despedida de ese viaje que representa la vida. Partimos para ofrecerle el último adiós a doña Rosa y acompañar a sus deudos.

Durante el velorio, que se desarrolló en el casco urbano del municipio me mantuve a una distancia prudencial respetando el inmenso dolor de su familia, a la cual todavía no conocía en esos momentos. Acompañamos el cortejo fúnebre que se adentró en ese camino rojo fuego, era realmente contradictoria la sensación de dolor que me contagiaban los pasajeros que nos ofrecimos a llevar en tan duro trance, con la deslumbrante belleza del paisaje que se desplegaba ante mis incrédulos ojos.

Una vez llegados al cementerio propio de la colonia me mantuve lo más alejado posible de la muchedumbre que despedía a una de las pioneras de aquel paraje. Cuando todos se retiraban de la tumba repleta de flores me acerqué al lugar para presentarle mis respetos y para mi sorpresa encontré un solo hombre al pie del sepulcro, con sus manos apretaba contra el pecho un sombrero de ala ancha y sus ojos apenas enrojecidos traslucían una mezcla de dolor con melancolía, su espalda derecha transformaba a un hombre octogenario en un gigante, con una dignidad ante la tragedia que emocionaba. Nadie necesitaba decirme quien era ese señor, no podía ser otro que Don Carlos, el compañero de toda la vida de Rosa.

Juntos habían llegado a esta zona para domar a la selva virgen y formar una maravillosa familia de seis hijos e infinidad de nietos. Nunca supe cuáles eran los pensamientos de nuestro protagonista en esos minutos que me parecieron eternos, pero tengo la seguridad que pasaban por su mente todos los momentos felices de aquellas seis décadas de amor como si fuera una película y que su sombrero sostenido a la altura del pecho intentaba impedir que su corazón no se quedara junto a su amada, no porque no lo deseara si no porque sabía en su interior que su familia necesitaba de su fortaleza más que nunca. La conmovedora escena finalizo cuando su hija Norma volvió sobre sus pasos y tomándolo tiernamente por la cintura lo devolvía al centro de la muchedumbre que lo esperaba para despedirse.

Tengo el privilegio de mantener charlas con Don Carlos en las que trato de conocer sus vivencias de pionero y sigo regresando periódicamente a esos hermosos senderos. Pero atesoraré para siempre entre mis recuerdos aquella tarde en el que fui un testigo casual y preferencial de UN HASTA SIEMPRE EN LA PICADA PROPAGANDA.