Imposible no enamorarse de Aristóbulo del Valle! El paisaje que ofrece la ruta provincial misionera 7 es portentoso. Al recorrer un sinuoso y ascendente camino se arriba a dos estupendos miradores en los que podemos maravillarnos con la inmensidad del valle del Cuña Pirú, uno de los pocos oasis de selva virgen protegida que se mantienen en América con una variedad de verdes infinitos.

La ciudad parece salida de un cuento, con sus bulevares y plazas, pero lo realmente impresionante se encuentra en sus pintorescos caminos rurales. Chacras, plantaciones y selva autóctona conviven a la perfección con sus habitantes.

La orgullosa capital provincial de Saltos y Cascadas nos regala algunos de los mejores espectáculos de caídas de aguas cristalinas que desbordan nuestros sentidos y -aunque algunos de ellos al día de hoy pertenecen al nuevo municipio de Salto Encantado- en el momento que tuve la bendición de conocerlos pertenecían a un solo gran territorio. Para destacar, el Salto Alegre con su profunda pileta y el Piedras Blancas con su espumante caída que tiñe de color blancuzco a su pedregoso lecho, dándole sentido a su nombre, junto con otras innumerables bellezas naturales que hacen improbable no quedar absortos ante la imponencia de Aristóbulo del Valle.

Amor a primera mirada

El de Elena y Adolf fue un amor de primera mirada que nació a principios del siglo XX en el hoy municipio de Andrade. Elena, nuestra heroína, así se refería cada vez que preguntaban por Adolf, “amor de primera mirada”. 

En aquellos tiempos para poder casarse había que ofrecer un futuro prometedor y en busca de este sueño partió aquel niño hombre a colonizar territorio al norte de la ruta 14. La pareja había escuchado que otorgaban tierras a los que decidieran trabajarlas y hacia allí se dirigió con poco equipaje y muchos sueños. Recién a doce kilómetros del pueblo pudo instalarse y comenzar a desmontar un lote de 40 hectáreas calculadas a ojo, para luego construir su primera vivienda con la madera de los nobles árboles derribados, a una distancia prudencial del suelo, para evitar los ataques de los animales salvajes que ahí convivían.

Esta epopeya tardo más de un año y al finalizar la tarea volvió a buscar a su Penélope – Elena – que seguía esperándolo ansiosa. La dura vida de la colonia fue suavizada por un amor infinito que dejaron sus frutos en cinco hijos, que a su vez les regalaron decenas de nietos y bisnietos. Muchos se quedaron en Aristóbulo y otros emigraron a distintos puntos de la provincia. Algunos fueron gente de trabajo y otros se destacaron en áreas profesionales. Pero a pesar del paso del tiempo siguen siendo una gigante y hermosa familia. Orgullosos hijos de ese paraíso terrenal llamado Aristóbulo del Valle.

En el verano del 2010 este humilde narrador de historias se enamoró “de primera mirada” de la quinta hija de aquella pareja de colonos, así conoció a doña Elena y se deslumbro con su magnífica historia de amor y lucha. Absolutamente todo enmarcado en la desbordante belleza de Aristóbulo del Valle. Un auténtico AMOR DE PRIMERA MIRADA.